La colza, más que un cultivo difícil, un cultivo técnico

En este artículo se pretende dar una visión general divulgativa sobre los aspectos principales, particularidades y manejo adecuado de este cultivo, todavía poco habitual en algunas zonas de España, y que puede constituir una opción interesante en parcelas de producción extensiva tradicionalmente cerealista.
Antoni López Querol y Josep Anton Betbesé Lucas. IRTA Lleida.

Hasta hace unos años se había considerado la colza como un cultivo “difícil”. Parte de esta imagen estaba basada en algunas experiencias poco positivas y en una escasa información sobre su cultivo y manejo, así como en la falta de experiencia previa de la mayor parte de agricultores. Añádase a esto la falta de información existente hasta hace pocos años sobre las características del nuevo material vegetal que se comercializa actualmente, así como de su adaptación a las características específicas de cada zona productora.

Esta etiqueta de relativa dificultad del cultivo respecto a la producción tradicional cerealícola tiene buena parte de fundamento en las exigentes condiciones de siembra que requiere para que la población de plantas bien implantadas a salida de invierno sea la adecuada. La necesidad de una siembra precoz (mediados de septiembre) para garantizar que las plantas de colza lleguen al invierno en estadio de roseta y puedan soportar el rigor térmico invernal sin sufrir daños, implica unas condiciones para la adecuada preparación del terreno y el tempero necesario para una correcta nascencia que, en las condiciones de nuestros secanos, son extremadamente variables en esta época del año, y que pueden retrasar o entorpecer fácilmente la siembra.

Por otra parte, el coleóptilo de las se­millas de colza en germinación es extremadamente sensible al encostramiento superficial del terreno. En determinadas combinaciones de humedad y textura del suelo pueden producirse fácilmente problemas de nascencia. De hecho, el logro de una implantación del cultivo con una densidad y uniformidad adecuadas es quizás la principal dificultad en su manejo.

La colza requiere una siembra precoz (mediados de septiembre) para garantizar, en todo caso, que las plantas lleguen al invierno en estadio de roseta y puedan soportar sin problemas las heladas invernales.

La otra imagen que había creado ciertas reservas hacia este cultivo es la de una recolección algo más delicada y lenta que la del cereal, para evitar pérdidas de grano. La dehiscencia de las variedades antiguas y la costumbre o necesidad de llevar a cabo la recolección en las horas de máxima insolación del día, pueden provocar pérdidas de grano que, con una adecuada regulación de la cosechadora y evitando esas horas diurnas de máximo calor, no deberían suponer un problema.

Actualmente, buena parte de las cosechadoras que se dedican a la recolección de colza llevan incorporadas, en sus laterales, unas barras de corte verticales que abren camino a la máquina evitando así el sacudido del cultivo y la posible pérdida de grano que se pudiera derivar de ello.

Resulta también relativamente frecuente ver parcelas de colza con infestaciones descontroladas de malas hierbas dicotiledóneas. De hecho, salvo las nuevas variedades Clearfield, el cultivo no admite en vegetación herbicidas realmente eficientes para el control de infestantes de hoja ancha, lo que hace prácticamente imprescindible el tratamiento en preemergencia con un buen producto desherbante. Esta operación, a la que el agricultor tradicionalmente cerealista no está habituado, puede contribuir también a esa falsa idea de cultivo “difícil”, aunque hay que admitir que este calificativo ya está derivando últimamente hacia el de cultivo “técnico”.

 

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