Vino y aceite, viejas recetas para una vieja crisis. Por Vidal Maté

Vidal Maté. Trigo Limpio
El Ministerio de Agricultura, respondiendo a los problemas que afectan en la actualidad a los sectores del vino y del aceite y en previsión de las dificultades que se podrían producir en los próximos meses ante las nuevas campañas, ha puesto sobre la mesa una serie de propuestas centradas en la regulación de la oferta, desde la autorregulación de los mercados a la reducción de la producción, la apuesta por la calidad y la trazabilidad y el etiquetado y la promoción de la demanda.

Vino y aceite constituyen dos sectores claves en la actividad agraria, vino con casi un millón de hectáreas y 2,7 millones de hectáreas en el olivar,  por su papel directo en el empleo en el campo y por su impacto en la actividad  de miles de bodegas, almazaras e industrias que operan en el medio rural. A pesar de esa importancia, ambos sectores no han dispuesto en los últimos tiempos de una estrategia clara de sostenibilidad que asegurase su futuro desde la rentabilidad de las explotaciones, algo que ha concluido con caídas permanentes de cotizaciones, excedentes y abandonos. Y, se han articulado medidas, casi todas viejas recetas siempre inacabadas y escasas novedades, salvo, lo más rápido, producir menos.

En el vino, desde la perspectiva de la producción, frente a esta situación y como medida coyuntural, el Gobierno decidió la destilación de dos millones de hectolitros y el almacenamiento de otros 2,5 millones, junto a la posibilidad de la vendimia en verde para reducir la futura oferta de uva para esta campaña. Más allá de la coyuntura, Agricultura, a iniciativa de la propia Comunidad de Castilla-La Mancha, acordó limitar los rendimientos de uva por hectárea a 18.000 kilos en tintos y a 20.000 kilos en blancos, estrategia a la que también se ha apuntado el propio Consejo Regulador del Cava rebajando los rendimientos de 12.000 a 10.000 kilos por hectárea. Atendiendo a la situación coyuntural de excedentes, se puede hablar de almacenar y destilar como medidas necesarias, aunque no es lo deseable, porque el vino se produce para beberlo, no para quemarlo y las medidas deberían haber sido previas.

Con la mirada en el corto y medio plazo, limitar la producción no deja de ser, por el contrario, el reconocimiento de un fracaso en la estrategia sobre las prácticas del sector o asumir igualmente el fracaso en la potenciación de la demanda de vinos. Limitar la producción podría carecer además de sentido si la uva tiene otros fines como la demanda de mostos.

En el aceite la salidas planteadas pasan por la autorregulación de la oferta, defensa de la calidad, la trazabilidad, evitar mezclas y fraudes, apoyo al olivar tradicional y, con la cosecha verde de la aceituna, reducir oferta y lograr un aceite de mayor la calidad. Medida novedosa, positiva, pero de escasa incidencia en la oferta y solo para un bajo porcentaje de consumidores.

Desde la óptica de la demanda, los datos registrados en la última década, con o sin interprofesionales, no invitan al optimismo

En el vino, en el mercado interior el consumo se ha mantenido prácticamente congelado en los 10 millones de hectolitros hasta dicen un ligero repunte a los 11 millones en 2019. El vino, por diferentes razones como las campañas anti alcohol, por los precios elevados en la restauración, por su servicio muchas veces deficiente en temperatura y su pérdida de competitividad frente a la cerveza, no está en su mejor momento y no recupera posiciones. Si nos vamos al exterior, las ventas han constituido la tabla de salvación en volumen. España lidera el comercio con unos 21 millones de hectolitros, pero lo hace a los precios más bajos de todo los países a una media de 1,27 euros litro en envasado y menos de 0,50 euros en graneles. Vender así no es el mejor reclamo para los vinos españoles y no es el mejor ejemplo pretender que otros aumenten su consumo cuando no crece en España

Otro tanto sucede en el aceite de oliva donde, a pesar de las campañas de promoción, la del ¿peeerdona? en la restauración y ausencia de la salud como protagonista, con o sin precios en juego, la demanda no se mueve de la banda entre menos de 500.000 y las 540.000 toneladas, mientras en el exterior suben las ventas hasta medias entre las 800.000 y el millón de toneladas  simplemente bajo el aliciente de los precios bajos y no por estar los mismos en el segmento alto de imagen, a diferencia de Italia que vende los graneles adquiridos en España a precios superiores envasados españoles.

En todo caso, las intenciones y medidas planteadas por Agricultura eran necesarias, pero posiblemente no pasen de ser un parcheo para  problemas viejos que llevan ahí durante décadas y que no se van a superar en una campaña.

En el sector del vino, las raíces de los problemas actuales se remontan a la primera década de este siglo, años 2000 y hasta 2012, con fondos comunitarios generosos que teóricamente pretendían limitar el potencial vitivinícola comunitario. Les salió el tiro por la culata, especialmente en España. Las ayudas se tradujeron en rebajar la superficie de 1,2 millones a 950.000 hectáreas por los arranques. Pero, gracias a la mejora de estructuras o la reconversión varietal, se dispararon los rendimientos por hectárea con producciones medias que pasaron de 36 a más de 42 millones de hectolitros, que siguen en la actualidad sin aumentar la demanda.

En el caso del aceite de oliva, con las ayudas en la base, ha seguido el aumento de superficies hasta 2,8 millones de hectáreas y muy especialmente de explotaciones super intensivas, así como con la mejora de estructuras en las intensivas y en el olivar tradicional. Las cosechas medias ya no bajan de 1,5 millones de toneladas y cosechas de los dos millones se hallan al alcance la mano.

El ministro señalaba en la presentación de su hoja de ruta que el olivar sufría un problema de estructura. Más que de estructura, sería un problema de diferentes estructuras e intereses donde no tiene nada que ver el olivar marginal o de montaña con los super intensivos o intensivos que en los últimos años han mejorado estructuras y multiplicado rendimientos. Pero, si nos atenemos a los datos elaborados por UPA sobre el sector en la última década, más que de estructuras hay otros problemas y desajustes que no se tocan. Resulta que la producción media en esa última década ha experimentado un incremento anual del 1,5%; que las exportaciones lo han hecho en una media del 3%, mientras las importaciones lo hicieron en una media del 20%. Así no hay manera.

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