La Transición Agraria, 1976-1982. Por Jaime Lamo de Espinosa

El lector no encontrará aquí un típico libro de memorias al uso. Es un libro de estructura económica agraria donde se narra, con alguna anécdota personal, un cierto relato, el del cambio habido durante la Transición desde una agricultura tradicional a otra más moderna y tecnologizada, encaminada al ingreso en la PAC, en la CEE y en la internacionalización agraria de la nueva democracia en FAO y en la OCDE.

La Transición Agraria, 1976-1982. Por Jaime Lamo de Espinosa

Por Jaime Lamo de Espinosa, director de Vida Rural.

Querido lector:

Esta será mi última carta de este anómalo y difícil año 2020. Normalmente hu­biera escrito sobre la pandemia y la agricultura pero me van a permitir que lo haga sobre otra cuestión más lejana y muy personal. Me lo piden mis colaboradores de la revista. El Ministerio, por mediación, amable y gratificante, del ministro Luis Planas, ha editado un libro que he escrito bajo el título de “La Transición Agraria, 1976-1982”. Terminó de editarse en febrero pero el di­choso Covid y los confinamientos nos han impedido hacer la presentación presencial del mismo hasta que el pasado día 2, lo hicimos el ministro y yo en forma telemática. Así pues, como Paco Umbral, ha­blaré de mi libro…

Y quiero en primer lugar expresar mi máximo agradecimiento al ministro Luis Planas, por su edición y por su lectura, pues me demostró que lo ha leído y a conciencia. Gracias de corazón. Agra­de­ci­miento que hago también extensivo al profesor Juan Velarde, por su prólogo brillante y quizás excesivo, pero que le reconozco profundamente.

El lector no encontrará aquí un típico libro de memorias al uso. Es un libro de es­tructura económica agraria donde se narra, con alguna anécdota personal, un cierto relato, el del cambio habido durante la Transición desde una agricultura tradicional y autárquica a otra más moderna y tecnologizada, con superávit en la balanza comercial, merced a una muy importante exportación de cereales a la URSS. Transitamos, sí, hacia la CEE. Porque al tiempo que hubo una Transición Política que pilotó Adolfo Suárez –reconocer su obra es obligado y más para mí que fui su amigo leal– hubo otra Económica dirigida por Fernando Abril, y una tercera, la Tran­si­ción Exterior, debida en su mayor parte a Leopoldo Calvo-Sotelo.

Pero hubo otras. La Transición Agraria se inició con Fernando Abril de ministro, nombrado por Adolfo en julio 1976. Fer­nando y yo éramos amigos desde una reunión de Ordenación Rural, donde trabajamos los dos, en el castillo de Coca en 1966, y me hizo el honor de nombrarme subsecretario. Sufrimos tractoradas, cambios en los sindicatos y nacimiento de las OPAs, creamos TRAGSA, y Fernando hizo un importante decreto favoreciendo los regadíos privados, etc. Mientras, yo asistía a la Comisión de Subsecretarios que allanaba el camino de los Consejos de Mi­nistros. Y establecía –o mejor continuaba, porque ya lo había hecho en el FORPPA– las relaciones del Ministerio con las Co­munidades Europeas, tema que Fer­nan­do delegó plenamente en mí.

Un cambio de ministros trajo a Mar­tínez-Genique de ministro con Fuentes Quintana de vicepresidente tras las elecciones de 15J y Fernando y yo pasamos a Castellana 3, él como Vicepresidente 3º y yo como subsecretario adjunto. Desde allí vivimos la firma de los Pactos de la Mon­cloa, cuyo Título VIII, sobre acuerdos agrarios en el que mucho participé, fue de gran importancia posterior.

Otro cambio de gobierno, siete meses después, en febrero de 1978, lleva a Fer­nando a la Vicepresidencia 2ª de Eco­no­mía y yo soy nombrado ministro de Agri­cul­tura donde permanecí hasta comienzos de diciembre de 1981. Cuatro años. Y con el de la subsecretaría, cinco. Me rodeé de un magnífico equipo de colaboradores. Sin ellos hu­biera sido imposible llevar adelante los Pac­tos de la Moncloa y un Programa de Cam­bio que expuse ante el Congreso en ju­nio 1979 y que mereció el apoyo de toda la Cámara.

A partir de ahí llevamos a cabo negociaciones de precios agrarios, como en la CEE, teníamos que aproximar nuestras nor­mas de campaña a las reglamentaciones europeas de la PAC, celebramos elecciones a Cámaras Agrarias, remitimos a las Cortes y se aprobaron diferentes leyes: de seguros agrarios, de arrendamientos rústicos, de agricultura de montaña, de mon­tes vecinales en mano común, de contratos de productos agrarios, etc., atacamos el paro en Andalucía, abordamos el ajuste energético que se había generado desde la I OPEP, mejoramos rendimientos, ampliamos la superficie de riego, creamos varios parques nacionales, tres en Ca­na­rias, etc.

En paralelo seguí con las negociaciones del capítulo agrario con Bruselas y con los ministros de Francia, RU, Alemania –Josef Ertl, nuestro gran paladín–, Italia, Portugal, y con el comisario Gundelach, gran amigo de España y personal. No era fácil. Había miedo sobre el potencial agrario de España en vinos, aceites y hortofrutícola, y tenían razón bastante para ello.

Y abrimos España a la comunidad in­ter­nacional llegando a presidir la XX Conferencia General de FAO en 1979, don­de tuve el honor de recibir el día 12 de no­viembre a SS el Papa Juan Pablo II y pedirle su intercesión para la liberación de Javier Rupérez quien había sido secuestrado por ETA días antes. Y lo hizo desde el balcón de Vaticano al día siguiente. Aquella Conferencia aprobó la creación del Día Mundial de la Alimentación y el Tratado de Recursos Fitogenéticos. También presidimos la Conferencia de Ministros de Agri­cultura de la OCDE. La democracia nos abría las puertas internacionales.

En montes, pesca continental, caza y naturaleza, la ayuda del Duque de Ca­la­bria y de Félix Rodríguez de la Fuente fue crucial y este me llevó razonadamente a la prohibición de la caza del urogallo y la avutarda como especies en peligro de extinción. Tenía razón.

En materia de Pesca, incorporamos el sector al Ministerio y renegociamos con José Pedro Pérez Llorca, ministro entonces de Exteriores, y dos ministros marroquíes, una larga tarde-noche de marzo de 1981, un acuerdo de pesca con Ma­rrue­cos, sin tránsito de cítricos, donde gracias a la intervención personal del Rey Juan Carlos con el Rey Hassan, al final cambiamos cuotas de pesca por ciervos para fincas marroquíes. Y más tarde creamos el FROM, firmando además la primera moratoria de caza de ballenas.

Y, finalmente, en mi último Consejo de Ministros, tras haber insistido mucho en la idea de concebir al sector como un “Sis­te­ma agro-alimentario” –era la teoría del fran­cés Malassis– en su conjunto, apro­ba­mos la creación del Ministerio de Agri­cul­tu­ra, Pesca y Alimentación, que era una ilusión y una fijación mía desde mi etapa de Industrias Alimentarias hasta la contemplación de la organización de FAO.

Cuando salí –para ser ministro adjunto a Calvo-Sotelo y portavoz de mi grupo parlamentario– continuaron mi labor como mi­nis­tros José Luis Alvarez y José Luis Gar­cía Ferrero, muy poco tiempo ambos, pero grandes ministros. A García Ferrero se debe el inicio del fin de la peste porcina africana.

Mi agradecimiento a todos los que me ayudaron entonces, muy en especial a los ya fallecidos, que desgraciadamente son varios. Y a todos los que lo han hecho aho­ra, desde el Servicio de Publicaciones has­ta Luis Planas para editar este libro. Gra­cias ministro y amigo.

Es de destacar que en el acto de presentación del libro, el ministro, con acierto, señaló que existen muchos paralelismos entre los retos de la Transición y los desafíos actuales del sector agroalimentario, pe­riodos que comparten “el mismo espíritu de cambio”, recalcó la importancia del factor humano en la producción agroalimentaria y reivindicó “la posición central” de agricultores y ganaderos y pescadores en nues­tra sociedad.

Manifestó la gran oportunidad que su­pone la elaboración del Plan Estratégico Nacional para la aplicación de la Política Agraria Común (PAC), “una tarea inmensa desde el punto de vista político que marca un nuevo capítulo en el siglo XXI para que agricultores, ganaderos y pescadores hagan su tarea de una forma distinta, con un nivel de cualificación superior, y logren una producción más ajustada a las nuevas demandas de la sociedad”.

Durante el coloquio que mantuvimos, Planas apuntó que en España hemos vivido varias transiciones: “La política, por supuesto, pero también la agraria y la social. Y el libro de Jaime Lamo de Espinosa nos recuerda esa importante transición agroalimentaria que ha vivido nuestro país”. Para el ministro, existen muchos paralelismos entre los retos de la Transición y los desafíos actuales del sector agroalimentario. Entre esos retos de futuro, destacó la necesidad de conseguir una agricultura más sostenible y respetuosa con el medio ambiente, impulsar la innovación y la digitalización, y afrontar el relevo generacional con la incorporación de jóvenes y mujeres al medio rural. Mencionó, pues, los tres elementos clave para afrontar los retos agrarios y pesqueros de la próxima década, como son el regadío eficiente, el relevo generacional y la digitalización, y coincidimos en que serían “claves” también para encaminar el problema de la España vaciada.

Planas cerró la reunión recalcando “la po­sición central” de agricultores, ganaderos y pescadores en nuestra sociedad, como se está demostrado durante la actual crisis sanitaria. Para el ministro, el sector agroalimentario “está de nuevo de moda”, como un servicio esencial que será uno de los pilares para la recuperación económica. Para ello, nos recordó “tenemos que ser capaces de avanzar sin sectarismos y su­mando esfuerzos”.

Muy felices Navidades para todos, de­seando un nuevo año 2021 sin pandemia y con una economía sana y activa, es­pe­cial­men­te la agroalimentaria, con un muy cordial saludo.

 

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