La Fiesta. Por Abel Hernández

El CANTO DEL CUCO*

La Fiesta. Por Abel Hernández

En Sarnago no hay crisis sanitaria. No ha muerto nadie por el coronavirus. No ha habido ni un contaminado. Tampoco se han enterado en el pueblo del estado de alarma, que, por lo visto, quiere prolongar el Gobierno por los siglos de los siglos. Las campanas no han tocado a rebato, como cuando el incendio o cuando se perdió doña Victoria, la maestra.

Da lo mismo lo que digan Illa, Simón o Sánchez en sus aburridas peroratas. Nadie los escucha. Ni siquiera son conocidos allí. Si por lo menos fueran afiladores, tratantes o capadores… Así que nadie está recluido en casa. Sólo los del camposanto. Hace tiempo que no queda ningún pensionista y nunca nadie, que se recuerde, cobró en el pueblo el seguro de desempleo. La prometida renta de subsistencia llega tarde. Por no haber, en Sarnago no hay un alma desde la primavera de 1979 cuando se murió el pobre Aurelio, el último vecino.

Han pasado cuarenta años y se acerca la fiesta de la Trinidad. Pero nadie barrerá la víspera las calles, cada vecino el tramo que le corresponde, ni se espera a “Los Patos” de Cornago, uno de los hermanos, el alto y calvo, con el violín, y el otro, con la guitarra. No habrá pasacalles. Tampoco habrá volteo de campanas cuando aparezcan triunfalmente los mozos con la copa de arce por la entrada de la dehesa, que tendría que portar en la fiesta, con rosas, roscos y cintas de colores, el mozo del ramo delante de las móndidas. Ni repartirán este año a cada vecino pan y un cuartillo de vino en la Casa Concejo como marca la tradición.

¡Cómo van a sonar las campanas si reposan en el suelo del portal de la escuela desde que se derrumbó la iglesia!

Estamos, ya lo habrán comprendido, en el corazón de la España vaciada. ¿Quién iba a poner el baile si el pueblo está vacío, poblado de fantasmas? Ajena a esto y a la peste que asola el país, la primavera estalla lujuriosa en los verdes campos de alrededor y cantan en los trigos las codornices en celo.

Dicen que en la noche de la fiesta, porque la fiesta es la fiesta, acostumbran a bailar los muertos en la plaza a la luz de las estrellas al ritmo monótono y desgarrado de la guitarra del difunto Nino, que tiene una cuerda rota. Cuentan que los muertos del pueblo giran y giran en corro, lentamente, cogidos de las huesudas manos entrelazadas, y aseguran que este año danzarán más alegres por haberse muerto antes del coronavirus.

*Artículo publicado en el diario La Razón.

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