“De la Granja a la Mesa”, una propuesta no exenta de riesgos. Por Jaime Lamo de Espinosa

Ahora, a mi juicio, habría que estar hablando de las consecuencias agroalimentarias y del descenso en la rentabilidad por la crisis del coronavirus y haber dejado, para más adelante, todo lo concerniente a los nuevos retos globales y europeos de nuestra agricultura y la nueva PAC. Todo al tiempo puede hacer peligrar una solución integrada y satisfactoria para los grandes objetivos del uso sostenible de los recursos y el combate de la contaminación.
Por Jaime Lamo de Espinosa, director de Vida Rural.

Querido lector:

En mi última Carta dedicaba unas líneas a comentar los documentos presentados en Bruselas el pasado 20 de mayo, llamados “De la Granja a la Mesa” y “Biodiversidad 2030” que son la gran apuesta estratégica de la nueva presidencia. Señalé la extrañeza de todos por la inasistencia del comisario de Agricultura, Wojciechowski. Advertí que este Plan Verde era una propuesta no exenta de riesgos hasta el extremo de que al­gunos dicen que este Plan puede ser otra pandemia del campo. Y terminé afir­man­do: el tema es suficientemente grave por lo que escribiría más extensamente so­bre ello en próximas cartas. Y a eso consagramos hoy estas páginas.

Habría que empezar por aquello de “en medio de la polvareda perdimos a Don Beltrán”, porque, como en el viejo ro­mance, en medio de la crisis, del coronavirus, de los nuevos planes agrarios, del cambio climático, del Brexit, etc., etc., –don­de el campo ha garantizado con éxito el abastecimiento alimentario de las ciudades confinadas, en volumen, calidad y precio– estamos perdiendo a Don Beltrán, no solo simbolizado por el comisario de Agri­cultura, sino también por la propia PAC, la PAC, ésta u otra, pero una que responda a los principios establecidos en el Tratado de Roma y más tarde en el de Lisboa, para estimular y defender las rentas agrarias, la suficiencia alimentaria y ser así la agricultura del continente una pieza esencial de la política europea.

Primero fue la PAC de 1950 construida para asegurar las rentas, la productividad, el abastecimiento y la suficiencia alimentaria. La segunda, a partir de 1970, fue la de eliminar los excedentes de determinados alimentos. Más tarde, en los 90 entramos en el respeto al medio ambiente condicionando por vez primera las ayudas PAC a estos principios. Vino después la Agenda 2000 cuando se añade el desarrollo rural para mejor reestructurar las explotaciones y los canales comerciales. Luego llegó la re­forma de 2003 donde se imponen las re­glas del mercado y la condicionalidad para obtener las ayudas. Después, en 2005, se aprueban las ayudas desacopladas y se establece el régimen de pago único.

Hoy, en medio de la polvareda, nos aparecen varios principios a los que hay que atender: la seguridad alimentaria, el cambio climático y la conservación del paisaje y del medio rural que se nos vacía. Una PAC que consume una buena parte del presupuesto de la UE en un momento en que la UE debe abordar la solución a las diversas crisis en medio de la gran polvareda del Covid-19 que hace peligrar la producción regular y saludable de alimentos en múltiples áreas del globo en esta economía globalizada. Y así aparece “De la Granja a la Mesa” y “Biodiversidad 2030” con escaso apoyo de sus principales actores.

Estos documentos llegan en un mo­men­to inoportuno porque a ellos hay que añadir la revisión del Marco Financiero Plurianual 2021-2027 –donde se encuentran los fondos previstos para la nueva PAC– y el nuevo Fondo de Recuperación y Transformación Comunitario tras el Covid-19.

Ahora, a mi juicio, habría que estar hablando de las consecuencias agroalimentarias y del descenso en la rentabilidad por la crisis del coronavirus y haber dejado, para más adelante, todo lo concerniente a los nuevos retos globales y europeos de nuestra agricultura y la nueva PAC. Todo al tiempo puede ha­cer peligrar una solución integrada y satisfactoria para los grandes objetivos del uso sostenible de los recursos y el combate de la contaminación.

Y, que hay que frenar, al tiempo, la pérdida de la biodiversidad es claro. Pero ahora, creo yo, hay tareas más urgentes. Y además, todo al tiempo, mezcla, confunde las discusiones financieras de lo que debe ser propio de las ayudas fruto del coronavirus, con las del Plan Ver­de y 2030 y la nueva PAC, sembrando de confusión –salvo que sea eso lo que se pretenda– un debate crucial para el futuro del campo europeo y de la seguridad alimentaria del continente y mundial. En fin, vayamos a los documentos.

El Plan, muy sintéticamente, fija como objetivos obtener más producción ecológica alcanzando un 25% de la superficie agra­ria, con menos fertilizantes (-20%) y menos fitosanitarios (-50%). También con menos ventas de antibióticos (-50%) para animales. Y al tiempo, para revitalizar las zo­nas que se van abandonando –la Eu­ropa o la España vacía– llevar la banda an­cha a todas las zonas rurales para 2025. Además de promover el etiquetado nu­tricional de los alimentos y la reformulación de productos para hacerlos más saludables. También pretende definir objetivos vinculantes para regenerar los ríos y los eco­sistemas degradados y devolver los po­linizadores a las tierras agrícolas.

Pero parece que olvidamos que ese campo europeo debe ser capaz de seguir progresando en sus cifras de exportación, siempre que se le garantice la igualdad en las condiciones de competencia, que no vea que su propio mercado se abre a terceros países cuyos productos entran a muy bajos precios sin que estén garantizadas las condiciones de igualdad en materias como salud y competencia laboral de los productores de esos orígenes de terceros países. Hay que competir sí, pero con las mismas reglas exigiendo los mismos estándares y normas de producción.

Y no hay que olvidar que perder tierras de cultivo y extensiones de pastoreo en la vieja Europa nos llevará a más y más pueblos y aldeas abandonadas, más Europa vacía.

Frente a estas propuestas se han le­van­tado voces de enfado y de enmienda. También de sugerencias. Farm Europe ad­vier­te que sus propuestas supondrán una carga adicional de costes de producción, ya de por sí elevados. Y es que habrá, ne­cesariamente, una reducción de rendimientos. Por parte española se piensa que se perderán en el presupuesto una parte importante de las ayudas PAC, concretamente el 9,7% de las ayudas directas y el 6,3% de desarrollo rural, cuando lo lógico hu­biera sido aumentar estas cuantías dado lo expuesto antes y solo recibirán 15.000 millones del Fondo de Recons­truc­ción.

Las organizaciones profesionales eu­ro­peas se han puesto en pie de guerra. Las 700.000 personas que hoy se benefician en España de la PAC verán cómo se pierden cifras muy considerables en el pe­rio­do. Coag estima que unos 4.100 millones (585 millones por año), Asaja en unos 4.300 millones. Coag nos advierte “menos presupuesto para la transición verde”. UPA considera el recorte “incongruente e ilógico”. Y las cooperativas rechazan cualquier reducción en estas cifras históricas.

Como se ve se avecina una sensible y muy decisiva etapa de discusión y debate entre países y entre concepciones agrarias dentro de la UE y esos debates vendrán entreverados por el tema presupuesto, el nuevo Plan Verde, los daños del coronavirus y el papel que se le quiera asignar al sector FAO en la política común. No es mal enredo.

También en mi última Carta apuntaba mi preocupación por la seguridad alimentaria mundial –preocupación que crece con los meses– cuando escribía “es obligado potenciar la seguridad alimentaria eu­ropea y mundial forzando la producción y la ocupación del medio rural”. Pues bien, días más tarde, el economista jefe de Desarrollo Económico y Social de la FAO, nos acaba de decir “El dilema está en cómo asegurarnos que en 2021 se plante lo mismo que este año, de tal forma que haya comida el próximo año. Porque, como no ayudemos a los productores, no tendrán liquidez para plantar y ahí es donde vamos a tener problemas de alimentos para 2021”.

Y como final, no quisiera olvidar, aunque no entraré a fondo en ello, que en es­tos momentos los subsectores de cereales, vino, aceite de oliva y porcino españoles están pasando por un muy difícil mo­mento. Los cereales porque se avecina una cosecha de gran volumen y de muy ba­jos precios. En el vino, las existencias ac­tuales amenazan las compras de la vendimia inmediata y aquellas son fruto de las escasas ventas producidas por el cierre de la restauración y la ausencia de turismo. Esta misma es la causa de la caída de la demanda y de los precios del porcino ibérico. Caídas, todas ellas, que comenzaron tan pronto se declaró el “estado de alarma”, alarma cuya sexta edición acaba de aprobarse. Y en el aceite de oliva las existencias presentes y la previsión de una posible excepcional cosecha próxima (la me­ga­cosecha del siglo) hacen caer los precios en origen pese al almacenamiento pri­vado aunque sea prorrogado y ampliado con otras múltiples medidas.

La pandemia –y otros fenómenos, como se ve– está afectando a numerosos sectores y ello pronostica una crisis de rentabilidad notable que habrá que afrontar con medidas nuevas e incluso con me­didas traídas desde la vieja y primitiva PAC. Ya escribí hace semanas que había que “mirar hacia atrás sin ira”.

Un cordial saludo

 

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