Calor, sequía e incendios

Varias organizaciones agrarias comienzan a calificar como “catastrófica” la cosecha de cereales y herbáceos con rendimientos inferiores a la mitad. En las dos Castillas la previsión global está muy por debajo de las medias históricas.
Por Jaime Lamo de Espinosa, director de Vida Rural.

Querido lector:

Cuando escribo estas líneas, primera semana de julio, ya la sequía meteorológica está generando una muy dura sequía agronómica con fuertes reducciones de las cosechas de secano, y además, está provocando fuegos e incendios forestales de extraordinaria intensidad y ampliamente generalizados. Calor, sequía e incendios van de la mano.

Según la Aemet mayo ha sido el cuarto mes más seco desde 1965, es de­cir en los últimos 54 años. Las precipitaciones medias acumuladas desde el pa­sado 1 de octubre de 2018 al 18 de junio se cifran en un -16% menos que el valor normal de dicho periodo. El impacto de esta situación sobre los cereales ha co­menzado a irrumpir en forma de partes de siniestros en las compañías aseguradoras. Agroseguro estima a estas fechas una superficie total siniestrada que afecta a la producción de casi 1 millón de toneladas (980.0000 t). Y los cereales representan el 8% de la Producción Final Agraria (PFA) y son base de una potente industria de piensos que es hoy la primera de Eu­ro­pa.

Los daños parecen concentrarse so­bre todo en Castilla y León (-585.000 t) y Castilla-La Mancha (-182.000 t). De ser así la cosecha de cereales estaría muy por debajo de las medias históricas, casi en la mitad en estas dos autonomías. Los mapas y datos calculados por ITACyL son reveladores de estas fuertes caídas. En varias provincias el panorama es desolador. También afecta a los forrajes, alfalfa de secano, etc. El girasol sembrado a fi­nales de abril y comienzos de mayo no ha na­cido en muchos sitios. Y las plagas de conejos y topillos (bienvenidos sean los es­tudios de la Universidad de Valladolid en Palencia) han rematado la situación.

Varias organizaciones agrarias co­mien­zan a calificar como “catastrófica” la co­­secha de cereales y herbáceos con ren­dimientos inferiores a la mitad. Y algunas organizaciones se atreven ya a formular predicciones, como Cooperativas que pronostica una cosecha de 14,3 Mt, con un descenso de un 25% sobre la del año anterior aunque sería superior a la de 2017 que tan solo alcanzó los 12 Mt; Asaja que cifra en 12,4 Mt la cosecha estimada, menos que la prevista por cooperativas; Accoe la equipara prácticamente a Asaja. Siempre por debajo de la media de los últimos tres años, 17 Mt.

Pero la se­quía, la sementera con fuerte escasez de agua e invierno muy seco, y, digámoslo también, plagas de conejos, topillos, unidos a corzos, avutardas, jabalíes, etc., y las malas hierbas producirán este tan ne­ga­tivo impacto. Y todo esto nos ocurre cuando nuestros precios siguen sien­do extraordinariamente bajos con unos costes de cultivo crecientes, muy elevados. Sequía que también dañará las cosechas de vid, olivar y frutas, sin duda, aunque con intensidad muy diversa.

El MAPA, por su parte, prevé una re­ducción de unos 15,7 Mt, casi el 40% respecto a 2018 que va a afectar a todos los ce­reales: se cosecharán unos 6 millones de toneladas menos. También es verdad y hay que decirlo que la cosecha pasada fue un 43% superior a la anterior en volumen.

Pero la demanda crece hasta los 37 millones de toneladas por lo que la oferta in­terior tiene singular importancia para ciertos negocios y por razones logísticas. Por ello, el ministro Planas ya ha anunciado (fin de junio) que el Ministerio ha pedido a Bruselas que se incremente del 50 al 70% el porcentaje de ayudas PAC que se puedan recibir antes del 16 de octubre así como que se aumente hasta el 85% el pago de las ayudas anticipadas del se­gundo pilar por este motivo. Y también se ha confirmado que Agroseguro ya ha adelantado 90 M€ por siniestros debido a la sequía de cereales de invierno.

Pero a un problema a veces se añade otro. Y este es el caso. Si a la sequía añadimos la predicción de un verano muy cá­lido, con temperaturas superiores a +0,5/+1oC y olas de calor, los riesgos de in­cendios se acumulan. El monte tras una primavera seca y un comienzo de verano con muy altas temperaturas acumula enormes masas de matorral reseco. En Ta­rragona, Toledo, Madrid y Ávila en julio han comenzado enormes fuegos que llevan ya quemadas más de 10.000 hectáreas. El de Ta­rragona está arrasando miles de hectáreas (otro Gran Incendio Forestal, GIF de más de 500 ha). Si se mantiene esta tendencia, 2019 obtendrá el récord en bosques quemados.

El bosque hoy es un paisaje incendiario, lleno de vegetación que es un secarral. Y la falta de gestión forestal en materia de limpiezas y podas ha generado una masa de combustible fósil de alto riesgo. Muchas veces he recordado en estas líneas que un gran, excepcional, Guarda Fo­res­tal, Santiago Arroyo, a quién traté y mu­cho quise y mucho me enseñó, me decía en los años 80 “Ministro, los fuegos se apa­gan en invierno”. Y tenía razón.

Marc Cas­tellnou, un gran experto mun­dial en el tema, Jefe del Grupo de Re­fuerzo Fo­res­tal de la Generalitat de Cataluña nos dice aho­ra que “vamos camino de un escenario de megaincendios”… y que “he­mos abandonado la gestión el monte y la vida en el campo…”. También tiene ra­zón.

España es el país europeo que más sufre por esta causa como nos recuerda constantemente Greenpeace. En lo que va de siglo, tan solo 18 años, se han quemado unos 2,2 millones de hectáreas, casi como la provincia de Badajoz. Y además eso ha costado vidas humanas y una intensidad de recursos humanos y técnicos aplicados considerables. Bomberos y militares (UME) lo saben bien y merecen siempre nuestro reconocimiento pues arries­gan su vida por todos.

En estos días la UME ha desplegado 750 militares, 191 ve­hículos, cinco aviones anfibios y tres he­licópteros en auxilio de Cataluña frente a los que algunos secesionistas han he­cho comentarios ina­ceptables e indescrip­ti­bles. Tiemblo personalmente cuando veo en la televisión los grandes incendios que me re­tro­traen a mo­mentos en que la responsabilidad de su extinción era completamente del Mi­nis­terio y también apoyé al entonces 404 Es­cua­drón del Ejército del Aire (hoy 43 Gru­po) responsables de los Canadair y del res­to de aparatos aéreos, que celebraron sus primeras 10.000 horas de acción en 1978 y a quienes concedí y entregué con ese motivo la Placa de Oro del Mérito Agrícola. Son de una eficacia inmensa y una necesidad absoluta. Solo agradecimiento merecen.

Nuestro elevado estrés hídrico unido a la falta de prácticas culturales en los bosques, su abandono, el no aprovechamiento de leñas, etc., en suma la falta de gestión productiva y de planes de prevención, aún ayudan más a la expansión de esta lacra que, por otra parte, es el resultado de una acción voluntaria, buscada, pues se estima que un 96% están causados por los seres humanos, de los que un 55% son intencionados.

Y el cambio climático no nos está ayudando, ni en la sequía agronómica a la que aludía al inicio, ni en la evolución de los fuegos forestales. Al contrario, acentuará los daños. El aumento de gases de efecto invernadero es paralelo a la frecuencia de las olas de calor. Este es nuestro futuro, que habrá que cambiar. Ac­ti­vi­dad… hay que defender que haya vida y ac­tividad económica en los campos.

Hace me­dio siglo, cuando nuestras aldeas estaban pobladas y cuando el humo de un in­cendio aparecía en lontananza, la campana del pueblo llamaba a rebato a todos y el incendio era cosa de todos, y lo era porque también sus frutos, comunales o no, le­ñas o resinas, pastos, eran fuente de be­ne­ficio de todos. Hoy no quedan ya ni campanas, ni campanarios, ni personas a quien llamar. Pero los montes siguen ahí y los incendios se propagan a mayor velocidad que nunca. Esos montes, esos bosques que son hoy, según WWF “bombas de relojería forestales”.

La “España vacía” es también causa de la intensidad de los incendios, porque tras ella hay muchas razones de abandono agrícola, falta de pastoreo, no caza, éxodo rural –causa y efecto– no solo so­cia­les o infraestructurales. La España va­cía genera incendios cada vez más agresivos y ello exige otro modelo de política forestal y otra política antiincendios no basada solo en la extinción, sino en la prevención y en una agricultura eficiente.

Es hora, creo yo, de afrontar este problema dentro en una gran política nacional y al tiempo reclamar una política europea probosques e ignífuga para todos. Así no podemos, no debemos, seguir.

Un cordial saludo.

 

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