Y si nadie quiere macrogranjas… ¿por qué se machaca tanto al ganadero? Por J.M. de las Heras

José Manuel de las Heras. Coordinador Estatal de Unión de Uniones de Agricultores y Ganaderos

Y si nadie quiere macrogranjas… ¿por qué se machaca tanto al ganadero? Por J.M. de las Heras

José Manuel de las Heras. Coordinador Estatal de Unión de Uniones de Agricultores y Ganaderos

Atención, pregunta. ¿Por qué sería necesario legislar para limitar el tamaño de las granjas ganaderas?… Ya sé que, tal y como están las cosas, empezar así puede sonar escandaloso, me explicaré.

Tenemos movilizados a los colectivos más ambiental y nutricionalmente sensibles, a nuestro Gobierno central y a los autonómicos y hasta a los chefs de más relumbre, empeñados en separar a la ganadería buena de la ganadería mala. Eso en el mejor de los casos, porque los más fundamentalistas simplemente no distinguen: toda la ganadería es mala y punto. No entran a reconocer ni su papel en el suministro de la demanda alimentaria (que de aquí a 20 años no sé cuál será, pero hoy es el que es), ni los avances y mejoras que, en interés público, los ganaderos hemos incorporado a la gestión de nuestras explotaciones.

Incluso sin llegar a tales extremos, el axioma -supuestamente tan evidente que ni es necesario demostrarlo- es que, frente a una ganadería extensiva, adornada de todas las virtudes, casi bucólica, se contrapone una ganadería intensiva perversa y cruel, cuyo máximo exponente serían las “macrogranjas”.

El discurso, falaz, no es nuevo. Desde el llamado “chequeo médico de la PAC” de 2008, las autoridades han defendido vigorosamente -en teoría para responder a una pujante demanda social- los inestimables valores de la extensificación productiva en el sector agrario, frente a la intensificación. No se habla de extensificación en el sector industrial o turístico o energético… solo en el agrario, pero dejémoslo estar.

Lo importante (lo bonito, lo que vende) es la SOSTENIBILIDAD y a ella se llega siendo más extensivos. Para favorecer este camino se han desacoplado las ayudas de la producción vinculándolas a una condicionalidad ética cada vez más exigente; cada vez es mayor la ligazón entre estas ayudas y la adopción en las explotaciones de prácticas en favor del medio ambiente, la biodiversidad y la lucha contra el cambio climático y las medidas agroambientales son ya protagonistas (y lo serán aún más) en ambos pilares de la PAC. Todo eso, además de prohibir determinadas sustancias de efector hormonal para el caso de nuestras ganaderías o las más recientes propuestas de reducción del uso de antibióticos o de la prohibición de jaulas.

Y ahora, vuelvo a mi pregunta inicial. Si la sociedad apetece tanto de las producciones de
esta manera guapa de hacer agricultura y ganadería… y si los poderes públicos tienen
tanto empeño y dedican tanto esfuerzo financiero y normativo a responder fielmente a esa
apetencia… ¿Por qué sería necesario legislar para limitar el tamaño de las granjas? En buena lógica, a las explotaciones ganaderas extensivas les debería estar yendo mucho mejor. Las “macrogranjas”, con unos consumidores y unas autoridades que supuestamente les dan la espalda, serían un mal negocio y sobraría cualquier regulación específica para evitar su proliferación.

Pues no. No es así. Los ganaderos profesionales, tanto en extensivo, como en intensivo, que son el exponente claro de la dificultosísima apuesta por combinar los sobrecostes de la sostenibilidad, con la competitividad de sus producciones, están en la calle manifestándose y clamando por sobrevivir. Mientras, sigue habiendo quien está dispuesto a meter inversiones multimillonarias para hacer plantas ganaderas que se vean desde el espacio.

Parece que donde todo debía haber salido bien, algo falla. Quizás sea porque en las encuestas todos marcamos la casilla que nos parece más verde (al fin y al cabo, no cuesta dinero), pero a la hora de escoger en el súper acabamos pillando el 3×2. O porque los políticos que dicen hacer política eco-friendly y nos han clavado el Pacto Verde Europeo son los mismos que dejan al sector primario a los pies de los caballos en las cuestiones comerciales y no encuentran la fórmula para exigir reciprocidad a los países terceros que son nuestros competidores directos (fuera, pero también aquí dentro). O simplemente porque, como el slogan que se hizo popular en la campaña de Clinton contra Bush… “es la economía, estúpido”.

En todo caso, alejándonos de todo el lamentable uso político que se ha hecho del debate en estas últimas semanas y para que quede claro antes de seguir adelante: a Unión de Uniones tampoco nos gustan las macrogranjas. Pero no confundamos ese modelo productivo (llamémoslo industrial, si queremos, incluso asumiendo ese matiz peyorativo que no se aplica a otros sectores económicos…), que seguramente tiene externalidades negativas que superen quizás a los potenciales beneficios; con explotaciones ganaderas sin base territorial de tipo intensivo que, desde el punto de vista de emisiones son mucho más eficientes que las del resto del mundo y que, en muchos casos, cierran el ciclo productivo de las explotaciones extensivas dándoles continuidad. Son cosas totalmente
distintas.

En nuestra organización, apostamos por una ganadería profesional, ya sea de tipo extensivo como intensivo, trufada con todos los valores añadidos: ambientales; de generación de empleo de calidad (para el propio ganadero también, dicho sea de paso); de seguridad alimentaria y de bienestar y sanidad animal. Nos parece una alternativa infinitamente mejor que las macrogranjas y, por cierto, también que las megafábricas de carne artificial, que nos quieren vender ahora (a saber qué accionistas están detrás) como la solución del futuro del mundo.

Así que, antes de ponernos estupendos de más, de seguir queriendo acicalar nuestra ganadería hasta su total ruina, pongámonos de acuerdo en al menos en un par de cosas elementales. Primero, que los filetes y los yogures tienen que llegar a las estanterías a un precio razonable… Segundo, que ello debe hacerse sin que implique negarles a los ganaderos la dignidad de poder sacar adelante a sus familias, ni tampoco dejar nuestro consumo en manos de terceros países con una ganadería, a lo mejor mucho menos seductora que la nuestra, pero más accesible.

Un delicadísimo equilibrio que debería hacer que algunos salgan de la zona de confort de su propio relato… o vamos a seguir dándole a las macrogranjas el escenario que mejor les viene para implantar su modelo.

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