
Luis Cortés
Coordinador estatal de Unión de Uniones
Coordinador estatal de Unión de Uniones
Este 2025 que acaba de terminar lo vamos a recordar como uno de los peores años para el sector primario, a pesar de que comenzaba con buen pie, habiendo conseguido que el uso del cuaderno digital fuese voluntario.
A nivel sindical ha sido también un año muy relevante. En mayo, gracias a las enmiendas incluidas en la ley de desperdicio alimentario, Unión de Uniones alcanzó la representatividad oficialmente, abriendo aún más su interlocución con las instituciones.
Por su parte, la organización asturiana, USAGA, obtenía muy buenos resultados en julio en el Principado y estaba entre las tres más representativas de su región, defendiendo los derechos de los ganaderos y los agricultores.
Con respecto a la ganadería, las enfermedades han marcado el centro de atención para el sector durante todo 2025: lengua azul, DNC, fiebre del Nilo, influenza aviar…y, en los últimos coletazos del año, la peste porcina africana que ha vuelto a instaurase en nuestro país después de 35 años.
La fauna salvaje, totalmente descontrolada, sigue campando a sus anchas y solo ahora se está viendo lo que nosotros veníamos advirtiendo desde hacía ya muchos años, tanto en jabalí como, por supuesto, en lobo, tema sobre el que, por cierto, no nos han vuelto a convocar, a pesar de haber seguido insistiendo.
El sector agrícola, por su parte, también ha visto cómo el año que se termina, salvo los cereales de invierno, no ha sido el mejor, no tanto por rendimientos, sino por un mercado menguado y en condiciones, a veces, inaceptables.
Se puede destacar, entre otros asuntos, el cierre de Azucarera en plantas de Castilla y León y Andalucía, que ha hecho mucho daño a los remolacheros, o el aumento constante de los costes de producción del mercado de cereales, que ha hecho que el trigo y la cebada, por ejemplo, se hayan mantenido casi un 40 % más bajos que en 2022.
El verano de 2025, por su parte, ha sido uno de los más virulentos en cuanto a incendios se refiere, llevándose por delante miles de hectáreas, con todo lo que eso conlleva para los agricultores. Desde el ministerio se dio respuesta ágil, pero insuficiente, a pesar de los 3.327 millones en Agricultura y Transición Ecológica que dejó sin ejecutar en 2024. La máxima de no hay dinero es muy recurrente, escudándose en ella también para decir que no se darán las ayudas al olivar y el viñedo aprobadas desde hace meses.
En cualquier caso, los incendios o la DANA son factores climatológicos que deberían incluirse bajo el paraguas del cambio climático e incluirse como factor de riesgo en el seguro agrario. Así lo llevamos pidiendo todo el año y, especialmente, en la concentración a primeros de marzo delante de ENESA.
La ley de la cadena alimentaria sigue sin funcionar bien. En ese sentido pareciera que vivimos en un día de la marmota constante y que si vamos a ver los balances que hemos hecho en otros años, hemos dicho exactamente lo mismo.
A esto se le suma el gran impacto de los acuerdos comerciales como Mercosur, que se presupone vaya hacia adelante, y nos encontramos a una Europa que flaquea y pierde su soberanía alimentaria en pro de no se sabe bien qué, como se vio con la firma con Trump, sucumbiendo unos aranceles del 15 % y sin haber conseguido que un solo producto tuviera arancel cero.
Europa está en otras batallas, no hay duda. En la de ahorrarse el dinero o invertirlo en defensa. Se ve con un Marco Financiero Plurianual que recorta la PAC en un 22 % y la diluye en planes multisectoriales en los que los agricultores y ganaderos tendrán que competir con otras prioridades para captar fondos y haciendo una Europa a dos velocidades y un campo cada vez más envejecido.
Veremos qué nos depara 2026, pero este año no podemos decir aquello de “que me quede como estoy”.