
Pedro Barato
Presidente de Asaja
Presidente de Asaja
2025 se cierra con la sensación de que el campo ha dejado de creer en los fuegos artificiales de Bruselas. Mientras la Comisión (CE) habla de “visión a largo plazo” y “transición verde”, desde ASAJA hemos insistido en lo esencial: sin rentabilidad, sin seguridad jurídica y sin un presupuesto digno para la PAC no hay futuro para la agricultura europea.
El año arrancó con un aviso claro. En enero denunciábamos que “la agricultura no puede ser moneda de cambio, sacrificada mediante la eliminación de aranceles protectores, en los acuerdos con Marruecos, MERCOSUR o los derivados de la Guerra de Ucrania” y que “la burocracia mata la actividad agraria”, ligando esa asfixia al encarecimiento del trabajo tras una subida del SMI cercana al 80 % en los últimos años. Los problemas se resumen en una palabra: costes.
Poco después, la CE presentó su nueva visión para la Agricultura y la Alimentación. Nuestra respuesta fue directa: una estrategia que pretende reconectar con la realidad del campo no es creíble si evita hablar del presupuesto de la PAC y de cómo financiar nuevos objetivos ambientales en plena inflación.
En paralelo, se abría el frente comercial. “Todo arancel, venga de donde venga, va en contra del campo”, hemos insistido al advertir contra los gravámenes de EE. UU. sobre productos agrarios y fertilizantes y al exigir a la UE que defienda y, en su caso, indemnice a sus productores, en lugar de utilizarlos como fichas de negociación.
Ese malestar ha acabado en la calle. En junio, cientos de cerealistas se concentraron en Madrid para exigir “salvar al cereal español”. Y el 18 de diciembre, miles de agricultores europeos se movilizan en Bruselas contra los recortes de la PAC, la burocracia y la competencia desleal.
2025 también ha sido un año de máxima tensión en sanidad animal. A la lengua azul se han sumado focos de gripe aviar, la dermatosis nodular contagiosa en bovino y la reaparición de la peste porcina africana. Hemos exigido vacunas y medios, pero también hemos subrayado lo esencial: la PPA ha demostrado hasta qué punto las granjas españolas aplican medidas de bioseguridad ejemplares, capaces de contener el virus fuera de las explotaciones.
El otoño ha girado en torno al futuro de la PAC 2028-2034. La propuesta de Bruselas, “infumable”, combina un recorte cercano al 20 % del presupuesto con más exigencias administrativas y más presión competitiva desde países terceros. No es extraño que en el campo haya prendido una idea sencilla: “Europa quiere gastar en tanques y dejar de gastar en tractores”.
Hemos reiterado que sin rentabilidad no habrá sostenibilidad ni relevo generacional y que la soberanía alimentaria europea está en juego. Hemos defendido la digitalización, una política del agua “realista, moderna y coordinada” y tres palancas claras: gestión forestal activa, seguros agrarios más fuertes e innovación genética frente al cambio climático.
Y si 2025 deja un avance que merece salvarse del ruido, es el consenso europeo sobre las Nuevas Técnicas Genómicas: por fin una decisión con base científica que puede acelerar variedades más resistentes a sequía, calor y plagas, reducir la dependencia de insumos y devolver competitividad real al campo.
El desenlace del año es elocuente: un paquete medioambiental, el “Environment Omnibus”, que no logra equilibrar producción y entorno —al inclinarse excesivamente hacia este último en detrimento de la viabilidad de las explotaciones agrarias- y no aporta la simplificación prometida, y una nueva movilización que denuncia el smoke-and-mirrors approach to agriculture de las instituciones europeas. Muchas palabras y pocas decisiones que mejoren renta, seguridad jurídica y capacidad de inversión. El campo vuelve a tomar el pulso en la calle, harto de tanta palabrería y tan poca palabra.
2025 ha sido el año en que el campo ha puesto negro sobre blanco sus líneas rojas: rentabilidad antes que retórica, presupuesto antes que promesas, simplificación real antes que ajustes cosméticos. 2026 arrancará con la negociación de la PAC y del nuevo marco financiero europeo sobre la mesa. De si Europa toma en serio estas advertencias dependerá que la próxima década sea una transición ordenada o una crisis prolongada para agricultores y ganaderos.