
Miguel Ángel Mainar
Las costuras del orden internacional están reventando, esta es una de las pocas certezas que los analistas de la geopolítica manejan ahora mismo. Las causas del reventón son bastante conocidas y dejan lugar a pocas dudas: una suerte de delirio norteamericano justo cuando Rusia acomete la quimérica intención de recuperar su viejo imperio y Europa se descubre enana y prácticamente impotente.
Las costuras del orden internacional están reventando, esta es una de las pocas certezas que los analistas de la geopolítica manejan ahora mismo. Las causas del reventón son bastante conocidas y dejan lugar a pocas dudas: una suerte de delirio norteamericano justo cuando Rusia acomete la quimérica intención de recuperar su viejo imperio y Europa se descubre enana y prácticamente impotente.
China, en su lento pero imparable avance económico y tecnológico (también militar), es casi la única fuente de estabilidad, de certezas. Mientras aquí y allá aparecen naciones como India o Brasil (no perder de vista Nigeria, avisan algunos), que empiezan a ocupar lugares preeminentes, como corresponde a su tamaño o su esfuerzo.
La Europa de los mercaderes, en ese mercantilismo obsesivo, su soberbia cultural y protegida por la VI Flota de los Estados Unidos, ha dejado pasar durante todo este tiempo buenas oportunidades para consolidar la unión política que debería haber convertido a sus viejas potencias en otra de nuevo cuño, preparada para responder con agilidad y acierto a los desafíos actuales.
Pero ya es tarde. Será difícil que se nos borre de la memoria la humillante imagen de sus líderes apretados como colegiales en torno a la mesa desde la que Donald Trump les leía la cartilla. O cómo juega Putin con sus drones como moscardas en los aeropuertos y las capitales del viejo imperio romano.
En su reunión prenavideña daban una muestra más de su impotencia, falta de arrojo o lo que sea que en estos momentos resultaría imprescindible pero que no se atisba por ningún lado y que, de momento, a los europeos nos va a suponer una deuda de 90.000 millones de euros. Es el precio de la seguridad, pero no la de comprar armas, sino la de que el autócrata ruso no se enfade por vender las propiedades de sus amigos y tirar de sus cuentas corrientes.
En este contexto, a la Unión Europea le queda muy poco margen de maniobra y su única gran baza se llama Mercosur. Es, prácticamente, el último cartucho para demostrar poder y, de paso, fijar algunos anclajes de cara a un futuro que viene, como se ha dicho, cargado de incertidumbres y a toda velocidad.
Casi nadie duda de que se trata de un acuerdo de gran valor estratégico, que amplía el mercado europeo a un área geográfica con una población nada desdeñable y un potencial de consumo de innegable interés para las manufacturas del Viejo Continente. Pues ni con esas; tampoco ha sido posible que los altos mandatarios se pongan de acuerdo y estampen la firma en un documento que lleva 26 años escribiéndose. Dicen que será cosa de unas pocas semanas. Más vale.
Como son tiempos de conspiraciones, no cabe descartar que la larga mano de algún aprendiz de brujo esté detrás de este nuevo bloqueo, quién sabe si Meloni recibió la llamada de algún galán de cine al que no supo decir que no. Pero, en todo caso, lo más plausible es lo que tenemos ante los ojos: un sector agrario conjurado contra Mercosur y dispuesto a dejarse la piel por el pseudoautárquico sueño con el que algunos tratan de encandilarlo.
Seguramente es un tiro en el pie; a lo mejor, en la rodilla; o en ambos. A este punto hemos llegado en la Unión Europea, porque la culpa es de todos. Cuando mantienes a un sector de tu población al límite, no solo económico, sino al límite en su bienestar, al límite en el entorno donde desarrolla su vida y al límite en su consideración social, no puedes generar nada bueno.
Generas desconfianza a raudales, una inmensa desafección por los proyectos comunes, indignación que se acumula en bolsas que crecen como el gas recalentado y negacionismo, mucho negacionismo. Lo de menos es que tu público deje de creer en el cambio climático o en la necesidad de las políticas conservacionistas; lo dramático es que ha dejado de creer en ti, en cualquier política que implementes, en cualquier propósito en que quieras involucrarlo. Mucho menos, en cualquier sueño que pudieras perseguir.
Los agricultores y ganaderos están a punto de convertirse en una masa de bloqueo. Sienten que sus vecinos les han dado la espalda, que para los políticos son prácticamente un residuo solo con cierto valor electoral, que se les está relegando a la marginalidad y la irrelevancia y que solo se les escucha cuando, efectivamente, se convierten en esa masa de bloqueo, en una multitud freudiana con la que puede llegar a ser inútil argumentar lógicamente.
Y ojo, porque, como decía Freud, las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad y tienden a confundir la ilusión con la realidad. A seguir cantos de sirena, podíamos añadir, del tipo “precio justo” o “mercado justo”, incompatibles con realidades del tipo Mercosur, imperfectas, difíciles en algunos casos, pero transitables y convertibles en herramientas prácticas y convenientes.
Parafraseando al exministro Manuel Pimentel, que la “venganza del campo” no convierta a Mercosur en una pieza de caza mayor, porque la Unión Europea, que solo se mueve con comodidad en el ámbito mercantil, se quedaría sin pareja en el único baile que puede bailar en estos momentos.