Sesenta aniversario del Tratado de Roma

La salida hoy del Reino Unido de la UE plantea serios problemas a la PAC. Una PAC cuya revisión se va a mover entre una línea continuista, ya usual en ella, fundándose en una base historicista o, por el contrario, rehacerla ex-novo para incluir nuevos elementos que pueden ser interesantes pero que, sin duda, introducirán multitud de cambios potenciales de ignoradas consecuencias.
Por Jaime Lamo de Espinosa, director de Vida Rural.

Querido lector:

Cuando este número llegue a tus manos, habrá pasado ya la fecha mágica del 25 de marzo de 2017, fecha en la que se cumplen sesenta años de la aprobación del Tratado de Roma por el que se crearon la Confederación Europea del Carbón y del Acero (CECA) y la Comunidad Económica Europea (CEE), hoy Unión Europea (UE). En el marco de esta Comunidad Económica Europea nació la Política Agrícola Común, la PAC, que ha sobrevivido, no sin problemas, hasta nuestros días y sobre la que se empieza a discutir sobre su futura evolución para los años venideros.

Cuando termina la Primera Guerra Mundial, se firma el Tratado de Versalles y se condena a Alemania a unas reparaciones de guerra que prácticamente terminó de liquidar en el año 2010, aunque resulte asombrosa tal afirmación en estas fechas. Aquel Tratado de Versalles, abrió, sin embargo, el paso a la Segunda Guerra Mundial. Alemania se sintió excluida del mundo europeo y esa fue una de las razones por las que al terminar la Segunda Guerra Mundial se creó la unión de Europa, llamada entonces la Comunidad Económica Europea. Había que unir, que soldar, a Alemania al resto de los países europeos aunque hubieran sido enemigos pocos años antes. Y ese nuevo tratado fue el Tratado de Roma, el tratado de la paz y de la unión.

Y en la década en que se firmó el Tratado de Roma la agricultura europea era pobre, atrasada e incapaz de abastecer a la población europea, muy reducida, a su vez, por los estragos de la Segunda Guerra Mundial. Y aquel tratado fue fruto de una inmensa voluntad de paz, de asegurar un mecanismo que impidiera nuevas divisiones y que evitara dos guerras mundiales que ya habían transcurrido en aquella primera mitad de siglo. La alimentación, abastecer a los seres humanos supervivientes del horror, era una de las principales funciones de los dirigentes que propiciaron aquella Comunidad Europea.

Aquellos padres fundadores de la CEE, Schuman, Monnet, de Gasperi, Adenhauer, Spaak, Hallstein, etc., buscaban una población unida, sí, pero también una población sana, alimentada, no desnutrida. Por eso la política agraria era una de los principales objetivos de aquella Comunidad. La destrucción del capital agrario, del capital vivo, como el ganado caballar, vacuno, porcino, la destrucción de los tractores y de las fábricas de abonos, la pérdida masiva de vidas humanas, hacían que el hambre reinara en la vieja Europa. Pero a la postre seis Estados miembros fueron capaces de firmar aquel admirable Tratado de Roma.

De la importancia que la agricultura tenía para el Tratado nos lo dice todo el hecho del peculiar lugar que ocupa en su seno. Tras una Primera Parte dedicada a los Principios de la CEE, se abre una Segunda Parte, titulada nada menos que “Fundamentos de la Comunidad”, cuyo Título Primero es consagrado a la Libre Circulación de Mercancías y cuyo Título Segundo (artículo 38 a 47) se consagró precisamente a la Agricultura. Es decir, en el momento de la concepción de la CEE, la agricultura formaba parte del cuerpo central de los fundamentos de la comunidad.

A partir de aquí hubo que desarrollarlo todo, basándose en el artículo 39, que señalaba los grandes objetivos de la PAC: incrementar la productividad, asegurar el desarrollo de la producción agraria, estabilizar los mercados, garantizar la seguridad de los abastecimientos y asegurar al consumidor suministros a precios razonables. Más adelante, el artículo 40 establece ya que el método para lograr todo lo anterior será establecer “una organización común de los mercados agrícolas, diferente para cada producto” y al mismo tiempo determina que podrán crearse “uno o varios fondos de orientación de garantía agrícola”. De ahí nació el Feoga.

El desarrollo de todo ello tuvo lugar en la Conferencia de Stressa, celebrada en julio de 1958, donde se adoptaron tres principios básicos: unidad de mercado, preferencia comunitaria y solidaridad financiera.

No me extenderé más sobre ello, solo añadiré que, en virtud de tales principios, poco tiempo después la mayor parte de los productos agrarios europeos gozaban de una protección de sus precios, mediante el llamado “precio indicativo” que era al que se deseaba se realizaran las transacciones; un precio de garantía, o de “intervención inferior” que era al que el Feoga debía adquirir el producto sobrante y un “precio umbral en frontera” que constituía la barrera de entrada de productos con precios internacionales más bajos.

Aquel sistema salvó la agricultura y la alimentación europea. Y solo empezó a ponerse en cuestión cuando, años más tarde, empezaron a aparecer excedentes de leche en polvo, mantequilla, alcohol, etc.

Desde entonces a hoy la PAC ha mantenido su vigencia, tras sufrir numerosas modificaciones y, durante todos estos años, esa política ha constituido el principal capítulo de la financiación comunitaria, aunque su proporción relativa ha ido reduciéndose con el paso de los años y con la incorporación de otras políticas comunes al acervo comunitario.

Hasta aquí la historia. Ahora viene el presente. Celebramos ese sesenta cumpleaños cuando el Reino Unido abandona la Unión Europea –Reino Unido que se incorporó en el año 1973– y frente al cual el General De Gaulle, astutamente, manifestó en 1961 y 1967, siempre, sus serias dudas.

La salida hoy del Reino Unido de la Unión Europea plantea ya serios problemas a la PAC. Una PAC que tiene ya programadas las fechas para su nueva revisión y que se va a mover entre una línea continuista, ya usual en ella, fundándose en una base historicista o, por el contrario, rehacerla ex-novo para incluir en ella nuevos elementos que pueden ser interesantes pero que, sin duda alguna, introducirán multitud de cambios potenciales de ignoradas consecuencias incluida un cierto grado de renacionalización de la misma o una Europa a varias velocidades, lo que sería un sinsentido.

La ministra Isabel García Tejerina, con buen criterio, ya ha convocado a la apertura de una amplia consulta pública sobre “Modernización y simplificación de la PAC” para los próximos días 27 y 28 de marzo. Es el momento de comenzar a trabajar para definir la posición española.
Celebremos pues el sesenta cumpleaños de la PAC pero estudiemos con detenimiento qué queremos hacer de ella, cómo queremos que subsista otros sesenta años con fortaleza y con eficacia. No va a ser tarea fácil.

Un cordial saludo

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