Serranía Celtibérica

José María García Álvarez-Coque
Una extensión geográfica que abarca más de 1.300 municipios remotos de diez provincias, que duplica la superficie de Bélgica, con una densidad de población similar a la de Laponia (< 8 habitantes por km2), está de moda en los medios de comunicación bajo la denominación de Serranía Celtibérica.

La problemática de esta macro-región quedó expuesta en el programa Salvados “Tierra de Nadie” del 12 de marzo pasado y en libros deliciosos como Lluvia amarilla de Julio Llamazares y Los últimos de Paco Cerdá. Son testimonios cuyo gran valor está en remover las conciencias de una sociedad resignada al despoblamiento rural como un hecho inevitable. Hoy en día nos movilizamos para defender identidades culturales y nacionales, temiendo los peligros de la globalización, pero no reaccionamos ante la extinción literal de la identidad rural que constituye la esencia de donde venimos y lo que somos actualmente.

Efectivamente, bueno es responder más vale tarde que nunca y bienvenidos sean los alegatos de resistencia aunque, en algunos casos, como en el del gran programa de Jordi Évole, me recuerdan a aquellos documentales de National Geographic referidos a las últimas tribus en el minuto previo a su extinción.

Unas condiciones de vida dignas y de acceso a servicios mínimos corresponden al ámbito de los derechos constitucionales y los poderes públicos están obligados a defenderlos. Pero no es el discurso de la resistencia el que va a cambiar la situación. No me interesa conocer sólo por qué, en lo que llevamos de siglo, más de un millar municipios de la Serranía Celtibérica han perdido población, sino por qué la han mantenido o ganado más de doscientos. Son las buenas prácticas de gestión del territorio, las oportunidades y las ideas innovadoras lo que deberíamos poner en valor. No es la advertencia tipo “el último que apague la luz” la que resolverá los problemas.

Es cierto que no sería muy costoso duplicar la financiación pública de los servicios sociales y educativos en este territorio, pues para una población de medio millón de habitantes bastaría un esfuerzo adicional de unos 4 mil millones de euros, menos de un 0,3% del PIB del estado. Pero mejor apuntar a situar estos territorios en el club de las economías rurales innovadoras y muchos municipios podrían ser viables. Son casos como los de Aras de los Olmos, en la provincia de Valencia, destino turístico astronómico, o como Sarrión, en la provincia de Teruel, con su clúster de la trufa, entre otros muchos ejemplos.

Las provincias que incluyen o rodean la Serranía Celtibérica tienen más de 20 millones de habitantes. ¿Por qué no va a ser el mundo urbano la gran oportunidad del mundo rural? Si se fortalece la integración entre ambas sociedades, haciéndolas una sola, facilitando los flujos de población, temporal o no, estacional o no, podrán multiplicarse los espacios de oportunidad. Llevar la alta velocidad digital a todos y cada uno de los rincones de la geografía evitará este apartheid de la sociedad de la información que es la brecha digital.

Y, finalmente, pero no por ello menos importante, hay que poner a la universidad a investigar, no por generación espontánea sino con proyectos dotados para sacar utilidad de lo mejor del emprendimiento agroecológico, la cultura, la biodiversidad, el paisaje ibérico y el rejuvenecimiento de la población, que es un desafío de toda la geografía peninsular. Dos interesantes espacios de ideas en estas direcciones son el Foro por un Mundo Rural Vivo, reunido en Minglanilla a primeros de marzo y la Red de Universidades de la Serranía Celtibérica, con diez entidades de ámbito humanístico y tecnológico muy diverso, impulsada por el Catedrático Francisco Burillo de la Universidad de Zaragoza.

Son de las experiencias innovadoras positivas de lo que se aprende, más que de los fracasos. ¿Queríamos un buen motivo para unir nuestra sociedad en tiempos de división? Ya lo tenemos.

 

 

 

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