Serias incertidumbres agrarias sobre el TTIP

Sean las partes prudentes e informe rápido y bien la parte europea a sus conciudadanos. Todos estamos a favor, seguramente, de un nuevo tratado que abra los mercados entre EE.UU. y la UE, pero según y cómo. Sobre el TTIP es necesario saber más y una política de total transparencia. Si tan bueno es el tratado estaremos de acuerdo. Y si no lo es, habrá que comenzar de nuevo, partiendo de otros principios.
Por JAIME LAMO DE ESPINOSA. Director de Vida Rural.

Querido lector:

Celebramos, el pasado 9 de mayo, el Día de Europa en conmemoración de los 66 años de la Declaración de Schuman, que dio origen a la Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea. Una Unión que es modelo hoy de libertades, democracia, solidaridad, motor de progreso y éxito colectivo. Pero que se encuentra ante una encrucijada llena de incógnitas e incertidumbres: refugiados, Brexit, crecimiento, deuda y déficit, falta de liderazgo en el mundo, dificultad para armonizar criterios y políticas, Tratado TTIP, etc. Falta una nueva Hoja de Ruta y hombres capaces de luchar y comprometerse por los valores de la Unión. A esas incertidumbres se añade, en España, la provisionalidad de un Gobierno desde el 20D y que, seguramente, no se despejará antes del verano.

Pues bien, en medio de esas incertidumbres y provisionalidad política, surgen situaciones que es necesario comentar y abordar en profundidad. Es el caso del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP) que pretende consolidar un nuevo cuadro de relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea pero del que se conoce poco y sobre el que existen muchas sospechas, comentarios y opiniones que ponen el acento en los daños que podría causar a la agricultura y a la ganadería europeas.

Un hecho revelador muestra, sin lugar a dudas, las incertidumbres sobre dicho acuerdo. El presidente Hollande, hace muy pocos días, anunciaba que Francia rechaza este acuerdo “en el estado actual” en que se encuentran las conversaciones sobre este TTIP porque Francia no es partidaria del “libre cambio sin reglas”. Y ha añadido, a continuación: “nunca aceptaremos que se cuestionen los principios esenciales para nuestra agricultura, nuestra cultura, por la reciprocidad para el acceso a los mercados públicos”.

Es digno de destacar que, como siempre, Francia y sus grandes líderes sitúan a la agricultura en el frontispicio de sus preocupaciones y se refieren a ella de un modo constante en sus discursos e intervenciones. De ahí mi admiración por este modo francés de ver su agricultura, de convertirla en centro de sus preocupaciones y de que sus grandes políticos tengan siempre interés por su sector rural y lo manifiesten en sus palabras. Hollande ha puesto, incluso, al mismo nivel en ese discurso la agricultura francesa con la cultura francesa. Es digno de elogio.

Pero volvamos al TTIP, si se firmara, ello afectaría a más de 500 millones de habitantes de las dos áreas más desarrolladas del mundo, al 60% del PIB mundial, al 33% del comercio de bienes y al 42% del comercio en los servicios. No olvidemos que los intercambios comerciales entre EE.UU. y la UE representan el 40% del comercio mundial.

Pero hoy existe una enorme preocupación por este tratado de libre comercio que plantea principios nuevos y normas sanitarias, alimentarias, medioambientales, etc., que afectarán, sin duda, a la agricultura y la ganadería europea y a todo el comercio entre ambas áreas. Se dice que de aprobarse tal acuerdo los Gobiernos de los diferentes Estados miembros no podrían aprobar leyes para regular sus sectores estratégicos. Ello significaría una renuncia a las políticas propias de la Unión y sus Estados a favor de lo que, a la postre, contenga ese Tratado.

Es cierto que los defensores del Tratado piensan que será beneficioso para el crecimiento económico de las naciones que lo asuman, las mayores potencias del mundo, y que ello aumentaría la libertad económica y la creación de empleo. Son objetivos que no se pueden negar y con los que, obviamente, hay una amplia coincidencia. Pero el “cómo”, es decir, las normas que regulan tales objetivos apenas si se conocen, entre otras razones porque la Unión Europea está negociando con enorme secretismo y con apenas ninguna información a la opinión pública. La reciente filtración –la llamada TTIP leaks– aprovechando las redes sociales ha roto ese secretismo pero no da seguridad sobre los contenidos filtrados.

Y en materia de agricultura sus consecuencias no están claras. Es cierto que hoy tanto EE.UU. como la UE mantienen políticas agrarias propias con cierto grado de proteccionismo aunque con diferentes sistemas. Y que ambos consideran estratégico este sector.

El tratado exigiría eliminar las obligaciones aduaneras entre la UE y EE.UU. aunque parece que cabría mantener las específicas del sector agrario. Se pretende también eliminar las llamadas “barreras no arancelarias” es decir normas, reglas, etc. que van más allá de la protección aduanera. Esto podría crear más problemas, por ejemplo, en cuanto a normas sanitarias específicas de la UE (hormonas en el engorde del ganado, permitidas en EE.UU. y prohibidas en la UE), o políticas de limitación de importación de alimentos transgénicos, o uso de fitosanitarios, etc. No olvidemos que tales normas son diferentes entre los diferentes Estados de EE.UU., no así entre los Estados miembros de la UE.

No se ha explicado qué país o qué economía resultarían más beneficiados o perjudicados. Se desconoce, con precisión –algunas informaciones no muy completas han aparecido pero no todo– qué sectores en cada país serán favorecidos o perjudicados. Y todo ello porque se desconoce la literalidad de su contenido. Y se ignora también cuáles son las “líneas rojas” que para la UE serían infranqueables. ¿Cómo se puede, en tal situación, estar racional y reflexivamente a favor o en contra del TTIP?

Hace poco, Tomás García Azcárate, gran experto en los temas agrarios de la UE, nos narraba cómo llegó a una sesión de trabajo en la feria Alimentaria y lo hizo convencido de los efectos beneficiosos del TTIP sobre los sectores de frutas y hortalizas y aceite de oliva. Y, dice él, que la jornada fue “una ducha fría”, que los obstáculos no arancelarios, la autorización individual del APHIS planta por planta, las escasas garantías al consumo de los productos de allí frente a unas normas de protección europeas de muy alto nivel de exigencia, la no vigencia allí del Principio de Precaución (mientras que cuando en la UE no existe seguridad acerca de la inocuidad de una sustancia se aplica la precaución, es decir no se autoriza), etc., hacían dudoso que el TTIP pudiera aceptarse tal y como hoy está redactado.

Tenemos por otra parte un modelo agrario bien diferente. En EE.UU. existen 2,2 millones de explotaciones de unas 170 hectáreas de tamaño medio frente a 13,7 millones de explotaciones en la UE de 10,6 ha de media. Son dos modelos diferentes con formas de ayuda y protección dispares. Y esta PAC que hoy disfruta la UE aporta una parte sensible de su renta agraria y se ha convertido en un modelo de exportación de calidad y productos con Indicación Geográfica Protegida muy importante que, seguramente, desaparecerían.

Las IGP o DO no son bien vistas por la parte americana en el TTIP y, sin embargo, son una enorme garantía para los productores de tales zonas que ven sus productos ampliamente reconocidos en el mundo. Ante esta situación no es de extrañar la precaución y desconfianza con que el TTIP está siendo recibido en toda Europa y aún más en sus ámbitos rurales y agrarios.

Para mayor dificultad, se ha conocido hace poco, que en las 40 páginas del estudio “Agricultura en el TTIP”,  realizado por el propio Departamento de Agricultura de EE.UU., se construyen tres escenarios según cuotas arancelarias y medidas no arancelarias y en los tres se llega a la conclusión de que las ganancias netas bilaterales llevan a un aumento de las producciones y las exportaciones de EE.UU. y también  de sus precios agrícolas. No así para la UE.
La conclusión de estas líneas es que debemos ser muy cautos en los avances en esta materia y las partes están obligadas a aportarnos a todos, a la ciudadanía y a los agricultores, más información. Es cierto que falta mucho tiempo para cerrar un acuerdo: las elecciones de EE.UU. y las muchas dudas europeas no facilitan el acuerdo. De seguir avanzando, el Parlamento Europeo deberá pronunciarse y tiene fuerza de veto si no lo aprueba. Pero lo que digan los parlamentos nacionales no valdría, no tendría efecto, si la Eurocámara diera el sí a este tan discutido tratado.

Sean las partes prudentes e informe rápido y bien la parte europea a sus conciudadanos. Todos estamos a favor, seguramente, de un nuevo tratado que abra los mercados entre EE.UU. y la UE, pero según y cómo. Sobre el TTIP es necesario saber más y una política de total transparencia. Si tan bueno es el tratado estaremos de acuerdo. Y si no lo es, habrá que comenzar de nuevo, partiendo de otros principios.

Un cordial saludo

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