¿Investigar, para qué?

Cuando examinamos la situación de la ciencia española en prestigiosos rankings internacionales siempre nos queda la sensación de que podemos mejorar. Sólo hay una entidad española en el top 200 del ranking de universidades investigadoras de Shangai. En el ranking QS World University Ranking, que incluye aspectos como empleabilidad, internacionalización e innovación, se incluyen 4 universidades españolas en el top 200. Ninguna en el top 150. No proclamo la mediocridad de nuestro sistema universitario dado el dominio de instituciones anglosajonas en este sector y la constatación del triste récord de ser el país de la OCDE que más recortó los recursos públicos para la ciencia en los últimos cinco años.

Por José María García Álvarez-Coque

Los rankings citados permiten también medir nuestra posición en el ámbito más específico de las ciencias agrarias y de la vida. La situación en estos campos mejora con respecto al general. En estos ámbitos, Shangai sitúa a 3 universidades españolas en el top 200, mientras que QS incluye 4 en el top 100. La empresa Thomson, una verdadera agencia calificadora de revistas de impacto, identificó 5 investigadores españoles como altamente citados, dentro de un grupo de 28 científicos agrarios de élite en el mundo. También lo hacemos bien captando proyectos del Horizonte 2020, con 46 millones en 2014-2015 en materias relacionadas con la seguridad alimentaria, los recursos acuáticos y forestales, y la bioeconomía.

La investigación agraria en nuestro país tiene buenos resultados académicos, sin caer en la complacencia. Ahora bien, ¿investigamos lo que el país necesita? Los resultados académicos se publican en inglés, lo que muchos científicos agrarios lo pagan en términos de menos citas cuando analizan problemas de su entorno regional o local. Este sesgo existe en particular en trabajos que aportan soluciones sociales sin un especial lucimiento internacional. Hace justo un año, un grupo de expertos en evaluación científica publicaba en la revista Nature el Manifiesto de Lieden, donde denunciaban que “el pluralismo y la relevancia social tienden a ser suprimidas” cuando la preocupación de los científicos es ver su trabajo visible en plataformas como Thomson.

¿Promovemos una investigación útil para nuestros agricultores y pymes agroalimentarias? Queda mucho para establecer criterios de excelencia entre nuestras instituciones basados en actividades de transferencia y divulgación, lo que debería conllevar orientaciones adecuadas a nuestros investigadores e incentivos para promover la colaboración con los actores de la economía real.

España está dotada de centros de investigación privados y públicos y con múltiples agentes con iniciativas innovadoras, no siempre acompañadas de recursos suficientes. Sin embargo, un punto crítico a mejorar es la sinergia entre actores del sistema de innovación removiendo las barreras a la cooperación y a potenciar, donde sea posible, acciones que la fortalezcan. Acciones como la Estrategia Española de Bioeconomía o la formación de grupos operativos de la Asociación Europea de la Innovación pueden afianzarse añadiendo como ingrediente el compromiso público y privado para mejorar los sistema de innovación en los ámbitos autonómico y local.

Se trata de que lo que sea excelente a nivel académico se refleje en una mayor productividad y valor para nuestras empresas. Ello requiere guiar a los investigadores hacia una cultura en la que la relevancia académica tienda a coincidir con las relevancias social y económica para nuestro territorio.

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