A finales del pasado año, el presidente del Gobierno, las organizaciones agrarias y Cooperativas Agro-alimentarias acodaban un amplio calendario de trabajos y compromisos en materia de política agraria donde se incluían tanto cuestiones de coyuntura como otras de gran calado para el futuro del sector.
Se trataba de un plan ambicioso, suficiente para haber ocupado durante todo este tiempo a una buena parte del Ministerio y de las organizaciones agrarias. Sin embargo, lo que comenzó como un proceso por el que se deberían haber ido sentando las bases para un cambio en el modelo de política agraria, con el pasar de los meses se ha ido diluyendo en todos sus compromisos para acabar en un encefalograma plano. Las medidas sobre financiación y refinanciación agraria serían la excepción, aunque incluso en ese caso una cosa es lo que figura en los acuerdos públicos y otra la realidad con las entidades financieras.
La Presidencia comunitaria, con el futuro de la PAC como fondo y con unas buenas sensaciones, ha sido en los últimos meses prácticamente el único motor en los trabajos de la Administración agraria. Pero, con la que está cayendo en materia de rentas, abandonos, falta de incorporaciones, y sobre todo, de cambios en las situaciones de poder y abuso en la cadena alimentaria, la necesidad imperiosa de un cambio de modelo en el quehacer de la explotación agraria para asegurar en definitiva su supervivencia, sorprende que, en este momento, la sensación en el sector en materia de política agraria es que se están pasando los plazos para afrontar esas necesarias reformas en profundidad y que, en la práctica, no está pasando nada.
Al grano. ¿Qué está pasando en la Administración agraria para que aquí no pase nada? Se podía entender que, tras una Presidencia agotadora y cargada de actividad, cumplidos los objetivos, se hubiera entrado ahora en un lógico respiro para encarar una nueva etapa de trabajo. Se podía entender que nos hallamos en un momento pre-vacacional donde ya se ha vendido todo el bacalao y se espera a preparar todo el trabajo para el próximo otoño.
Se podría considerar que, en medio de tantos rumores y nada concreto sobre ajustes ministeriales, todo se halla paralizado en un compás de espera y que, en esa coyuntura, el Ministerio está deambulando desde hace ya muchos meses, tapando fuegos de coyuntura, pero sin que nadie asuma el protagonismo o la responsabilidad para afrontar el desarrollo de una nueva política para el sector agrario. Existen además datos de que el Ministerio había entrado en una travesía en el desierto con algunos cargos desaparecidos y otros en busca de una salida.
¿Qué está pasando en el propio sector agrario para que se haya impuesto igualmente la sensación de que aquí no pasa nada, y que importa poco que pueda pasar algo?
Con tantos frentes abiertos sobre la mesa y el incumplimiento o los retrasos sonados de la falta de respuesta a tantas demandas, se ha impuesto la resignación ante la imposibilidad de saltar ese muro que se ha levantado enfrente. La gran movilización del pasado año se tradujo en la puesta en marcha de un nuevo proceso, pero hoy casi todo se ha quedado bloqueado, mientras los planes estratégicos por sectores ni siquiera se han debatido.
Y, lo más grave es que, con la que está cayendo y los cambios que se avecinan, aunque no se haga nada, tampoco pasa nada.
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