Ni víctima ni maltratadora

José María García Álvarez-Coque y Lorena Tudela Marco
Comer es necesario para cumplir el ciclo de la vida. La supervivencia del ser humano, a través de la tierra, del esfuerzo trabajador, del agua y de otros recursos, es una misión central del sistema agroalimentario. Lo hace adaptándose permanentemente. Análisis, evaluación, prueba, rectificación son parte de una tradición milenaria que permite, a quienes trabajamos en la agroalimentación, sentirnos orgullosos de su capacidad de innovación, a pesar de las dificultades crecientes: globalización, cambio climático e intrincadas normativas europeas, estatales y autonómicas.

La cadena agroalimentaria no deja indiferente a la sociedad. ¡Cómo no celebrar una buena receta o un bonito paisaje! Sin embargo, la agricultura y sus actividades conexas también sufren de mala prensa que somos incapaces de contrarrestar. Muchas noticias incurren en mensajes llamativos, como “los agricultores destruyen la cosecha por los bajos precios” o “ambientalistas exigen la eliminación de regadíos ilegales”. Es una dualidad a veces imprecisa, confusa, pero muchas veces efectiva. Por desgracia, la agricultura en la mayor parte de las noticias cotidianas que nos rodean se presenta como la victima sin consuelo o como la maltratadora sin remedio. O débil o malvada.

Los propios actores sociales, o sea, nosotros el pueblo, retroalimentamos las noticias y quien tiene la responsabilidad de hacer pedagogía, no lo hace. Muchos desde el propio sector se posicionan como víctimas, como ocurre cuando se denuncia que un ente etéreo llamado Bruselas desprecia la importancia del sector agrario aunque hayamos sido nosotros quienes elegimos a nuestros representantes en el Consejo y en el Parlamento Europeo. En otras ocasiones, el sector agroalimentario es retratado como causa de contaminación o de malas prácticas alimentarias sin entenderse las dificultades de las pequeñas y medianas empresas para aplicar la maraña normativa y competir aplicando estándares rigurosos. Ambas situaciones reflejan una pérdida de capacidad, y por qué no decirlo, de liderazgo de la agricultura para construir un relato propio y transmitirlo a la sociedad.

Por ello desde aquí y ahora, quizás sea el momento de abandonar los discursos de víctima y maltratadora que no benefician a la agro-alimentación en absoluto. Y apostar por un sector dinámico que construya un discurso propio con propuestas para hacer frente a los retos del empleo, el cambio climático y la necesidad de construir políticas públicas al servicio de la sociedad.

Para aportar soluciones nadie sobra. Sistemas territoriales sostenibles, innovación digital, regadío inteligente, sistemas ingeniosos de patrimonio agrícola, Erasmus agroalimentarios, etc. Son expresiones de una nueva era del sector a la que le hacen falta sólo tres cosas para consolidarse: creer, prepararse y explicar. En Europa están pasando cosas, y no siempre negativas. Como ejemplo, la iniciativa estratégica Food 2030 presentada recientemente por la Comisión, exigirá una acción colectiva eficaz de organizaciones del sector, universidades y centros de innovación, liderados por sectores públicos modernos y con visión. Más provechoso será estar presente en estos proyectos que pelearnos por el último euro de la PAC.

Los discursos maniqueos no deben despistarnos. El sector agroalimentario necesita construir puentes de comunicación entre todos los actores públicos y privados que participan en las decisiones políticas. Apostar por políticas agrarias selectivas y de innovación que ofrezcan vías alternativas permitirá afrontar con garantías los nuevos retos alimentarios y territoriales.

 

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