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Paolo de Castro: "Producimos menos, consumiremos más"
Beatrice Tonni
02-12-2011

La seguridad alimentaria vuelve a formar parte de las discusiones de los policy makers europeos y estadounidenses. Políticos, pero no filántropos. Se vuelve a discutir la capacidad de saciar el planeta para enfrentar un imponente crecimiento de la demanda de comida, pero, ¿qué factor vuelve a centrar la atención sobre el hambre en el mundo, tras años de desatención?

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Quizás sean los saltos de los precios agrícolas que ponen en peligro el abastecimiento de las industrias alimentarias.

Quizás sea la esperanza de empezar una nueva revolución verde (que esta vez sea sostenible) para invertir la tendencia actual de la productividad lenta (en el crecimiento) y de la investigación igualmente débil.

Quizás sea el hecho de que las turbulencias en los precios agrícolas (dos saltos en particular: los cereales en 2007-2008 y en 2010-2011) afecten los equilibrios geopolíticos, como en el caso de las "protestas del pan" en África.

Por último, y aparentemente más importante, quizás sea el crecimiento demográfico: 9.000 millones de personas a saciar en 2050 según datos de la FAO.

Es un escenario complicado. Lo cuenta, y entra en los detalles de los múltiples matices, el libro, recién publicado, de Paolo De Castro, el ex ministro italiano presidente hoy de la Comisión de Agricultura del Parlamento Europeo.

 

El libro pronostica la era de la escasez, y el contagio se extiende hasta los países desarrollados. ¿Qué está pasando?

Se acabó la era de la comida abundante y de bajo coste. Los precios van a subir considerablemente en los próximos años debido a la diferencia entre oferta y demanda alimentaria. Los países emergentes, sobre todo Brasil, China e India, comerán más y gracias a su mayor capacidad adquisitiva sus dietas se harán más ricas y complejas.

¿Qué productos se sustituirán?

Arroz y harinas por alimentos de mayor contenido proteico (carne, leche y sus derivados) y por alimentos transformados con mayor valor añadido. En China, en los próximos 40 años, la demanda de carne aumentará en un 50% y la de leche en un 70% con respecto a los niveles actuales. Y esto tendrá un efecto multiplicador sobre la demanda de materias primas, como la soja o el trigo.

¿Con qué efectos?

Para satisfacer la futura demanda de alimentos hay que aumentar la producción agrícola en un 70% de aquí al 2050, según la FAO. Y llevar la producción anual de cereales hasta los 3 mil millones de toneladas (es decir, un tercio más que hoy día), la de soja tiene que aumentar en un 140% y la de carne llegar a los 470 millones de toneladas (200 más que ahora). Pero si mantenemos nuestros ritmos de productividad, en realidad sólo aumentará la inseguridad alimentaria.

 

Volvemos pues a objetivos dignos de la primera posguerra: saciar. Con, además, nuevas variables, como por ejemplo los hidrocarburos. ¿Qué opina?

Entre saciar a un hombre o el depósito de un coche, hay más bien pocas dudas.

 

¿Entra en detalles en su libro?

Sin incentivos, los biocombustibles todavía no son competitivos, ni siquiera con los precios del petróleo tan altos, con la única excepción, quizás, del bioetanol brasileño. Pero fijémonos en los datos. Los productores de biofuel están muy concentrados: EE.UU. es líder en bioetanol (43 mil millones de litros por delante de Brasil, con 26 mil millones) y la UE en biodiesel (9.200 millones de litros, seguidos por EE.UU. con 1.700 millones). En los próximos diez años, las materias primas usadas seguirán siendo cultivos agrícolas ad hoc y las superficies dedicadas a ello podrían pasar de los 20-22 millones de hectáreas de los últimos años a 35 millones en 2020.

 

¿Cuál es el problema?

Por ejemplo, la eficiencia de los biocarburantes: no se pueden descuidar los rendimientos y por tanto el impacto sobre las superficies en cuestión. En la UE, por ejemplo, se producen sobre todo biocombustibles de bajo rendimiento (bioetanol de cereales y biodiesel de colza) y ya está previsto importar bioetanol y biodiesel para alcanzar los objetivos de mezcla.

Los biocarburantes se justifican como bien público (seguridad energética, lucha contra el cambio climático, etc.)

Pero se puede coincidir en un principio de sentido común: hacer que los incentivos sean más eficientes premiando el rendimiento energético de las materias primas e introduciendo medidas de reducción y/o de restricción de los subsidios a activar durante las emergencias.

¿Tuvo o no impacto el boom de los biocarburantes en el incremento de los precios agrícolas?

Los incentivos están afectando el mercado alimentario sobre dos frentes: el cambio de uso del suelo (de la producción de alimento a la de energía) y la disminución de aprovisionamiento alimentario al intercambio en los mercados. No está claro si ya ha habido impacto sobre los precios, lo que sí es cierto es que representan una demanda añadida en un mercado que ya carecía de productos básicos como azúcar y cereales.

¿En qué alternativas podemos apostar?

La investigación sobre biocarburantes de segunda generación podría, a corto plazo, permitir el uso de biomasa de celulosa como base de producción. Es el material más abundante y no hace falta ni una sola hectárea para producirla: se obtiene de la paja de los cereales, de la madera de la manutención de bosques, de la pulpa de acelgas, de las cáscaras de frutos secos y de los componentes orgánicos de desechos urbanos. Es un ejemplo de cómo pueden ser de fundamental importancia la investigación y desarrollo para conjugar sostenibilidad económica y medioambiental.

Investigación que sin embargo disminuye.

Hay que invertir la tendencia de los últimos años. Hacer que la investigación agrícola se convierta en una prioridad en todos los países del mundo con una visión a largo plazo. Y también hay que favorecer las inversiones privadas.

¿Los organismos modificados genéticamente también?

Las biotecnologías deberán estar al servicio de todos y ser coherentes con las necesidades de la sociedad. Igual de importante será el papel de la información: no podemos reducir decenios de progreso científico en un debate que sigue radicalizado sobre el sí o el no.

Por último, pero más importante: las políticas comerciales y la gestión del riesgo.

Para las primeras se puede pensar en una gestión completamente nueva de las provisiones, como por ejemplo la realización de un sistema internacional de provisiones de emergencia en un ámbito macro-territorial. Por lo que a riesgos se refiere, todavía se necesita una importante intervención pública, que aumente el rendimiento (aunque dejando menos huella) y la seguridad mediante incentivos.

Tierra, la ganga del siglo

«El tema de la disponibilidad de alimento ha vuelto a cobrar protagonismo con el reciente boom de los precios de los aprovisionamientos alimentarios». Es de Romano Prodi la introducción del último libro de De Castro titulado "Fiebre de tierras, alimentos y agricultura en la era de la nueva escasez", recientemente publicado en Italia  y que recalca que la era de la escasez alimentaria ha cogido a la comunidad internacional desprevenida en la coordinación de acciones a nivel mundial para hacer frente a una de las grandes emergencias de nuestros tiempos.

Una emergencia que afecta de manera dramática a los países pobres pero que también salpica a los ricos. La señal más clamorosa es el incremento exponencial en la demanda internacional de tierras, la "ganga del siglo".

El libro, fruto del trabajo de De Castro y de su grupo de investigación, cuenta lo que está pasando y explica los horizontes dentro de los que se pueden buscar las mejores soluciones: «lo que hace falta no son políticas "caseras", sino un esfuerzo para construir una política de seguridad alimentaria coordinada a nivel global».

 Azúcar: una reforma a desguazar

¿El salto más clamoroso? El del azúcar. A finales de 2010 el future sobre el azúcar llegaba a 826 $/t, el pico más alto de los últimos treinta años. Pero el precio mundial se había quedado por debajo de 300 $/t durante casi todos los años ochenta y hasta el 2005. Inestable como otros productos básicos, el azúcar sufrió además la reforma europea de la OCM: desde 2005 una reducción drástica de la intervención pública y por tanto de la producción en la UE (de más de 22 millones de toneladas en 2000/2011 a menos de 15 millones en 2009/2010, con unos consumos internos superiores a los 16 millones de toneladas). De esta manera las empresas alimentarias han llegado a una condición de escasez (y de alarma).

¿Es una crítica a la reforma del sector? De Castro admite: «Es un ejemplo de cómo no hay que hacer una reforma». Y añade que, si hubiera sido él ministro, no la hubiera cerrado en tan sólo un año, sino «por lo menos en cinco, para gestionar su impacto».

El resultado es que «hoy los empresarios europeos están preocupados por la escasez de azúcar: son los mismos que hasta hace pocos años reivindicaban la necesidad de bajar los precios». Pedían una agricultura europea «sostenible y competitiva» para obtener rentabilidad sobre el capital invertido. «Hoy el escenario se ha invertido: la industria alimentaria ha descubierto los efectos de la escasez, y ha pedido al G20 que estabilice los precios y los aprovisionamientos».

Nestlé, por ejemplo, habla de food security y ataca las políticas equivocadas que llevan a millones de personas a la pobreza extrema y a la indiferencia de Occidente.

Así acaba una reforma: una advertencia para aquellos que corregirán las actuales propuestas para la nueva PAC.

Pan y libertad

«Cuando la insatisfacción se difunde entre estómagos vacíos se convierte en un contagio, y toda revuelta puede transformarse en revolución». De Castro comenta el curioso estudio de un instituto inglés que relaciona los tiempos de las revueltas en el Norte de África y Oriente Medio con los picos de los precios de los cereales de 2007/2008 y de 2010/2011. En diciembre de 2010 la subida repentina global de los precios de azúcar (+77%) y cereales (+40%) puso de rodillas a las provisiones de muchos países árabes que dependen en gran medida de las importaciones de productos básicos que representan más del 60% del consumo calórico per cápita. En estos países las franjas más pobres de la población invierten alrededor del 65% de sus ingresos en alimentos.

«No es difícil entender porque las varias primaveras árabes se hayan originado en los mercados de géneros alimentarios. En las primeras reuniones de personas en Túnez, los manifestantes blandían baguettes. Pocas semanas después, en Argelia se desencadenó la revuelta del cuscús. "Pan y libertad" era el eslogan en Jordania y Yemen. Finalmente, Egipto mostró con más claridad la conexión entre el nuevo desorden mundial de provisiones alimentarias y el despertar árabe».

 

Millones de hectáreas en África

 «Son muchos los que están dispuestos a desembolsar miles de millones para garantizarse grandes superficies cultivables, que a menudo sólo en papel son "vírgenes", marginales o despobladas, y también hay quienes están más que dispuestos a ceder esas mismas tierras. La ganga del siglo es la tierra».

De Castro explica que el land grabbing (apropiación de tierras) ha sido noticia debido al shopping de las economías emergentes: Estados del Golfo, China y Corea del Sur. Estados con mucha liquidez, pero con pocas tierras cultivables. Pero a nivel privado este fenómeno siempre ha existido, aunque quizás a menor escala. Y no sólo para el outsourcing agrícola (alimentación o biocarburantes): la fiebre de tierra también se justifica con petróleo y minerales. Y todo esto en países que llevan años combatiendo la desnutrición.

La fenomenología del land grabbingse analiza a fondo en el libro: una realidad que implica también deforestaciones y el traslado coaccionado de miles de personas.

Los ritmos son preocupantes también en términos de equilibrios geopolíticos: según las últimas estimaciones, desde el año 2000 en adelante se han negociado en el mundo entre 50 y 80 millones de hectáreas, de las que más de dos tercios se encuentran en África subsahariana.

 

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