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El sonido de la tierra

He querido consagrar esta carta a la naturaleza y a un hombre que desde hace años, muchos años, escribe maravillosamente cantando la vida rural y el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Me refiero, obviamente, a Antonio Pérez Henares cuyo último libro ‘El sonido de la tierra’ merece ser leído con detenimiento y buscar en él las raíces de la vida natural, las raíces de la tierra.

Querido lector:

Tienes entre tus manos el número 400 de esta revista. Hace unos años, en 2009, celebramos la edición del número 300, tras quince años de constante presencia. Con ese motivo editamos todas las cartas publicadas hasta aquella fecha en un libro titulado ‘Cartas de la tierra’. Hoy, transcurridos 21 años llegamos al 400. ¡No está mal! Déjenme que aproveche para felicitar a todos aquellos que día a día crean, lanzan y hacen posible esta apasionante aventura editorial. ¡Enhorabuena!

Una de las claves del verano, al margen de comentar a diario el tiempo, las temperaturas, el altísimo calor que nos ha ahogado tantas semanas, Grecia y su aventura en la Eurozona, los incendios forestales, etc., es sin duda la lectura. Es un tiempo de reposo apto para devorar esos libros que hemos ido dejando en medio del trabajo cotidiano a la espera de la tranquilidad. Y entre ellos, unos políticos, otros económicos, otros históricos, uno me trajo al alma sentimientos y pasiones siempre vivas en mí. Me refiero a la obra titulada ‘El sonido de la tierra’ (Ed. Almuzara) escrita, de mano maestra, por ese gran periodista y literato que es Antonio Pérez Henares, Chani para los amigos.

Antonio Pérez Henares y su obra, histórica a veces como su libro ‘La tierra de Alvar Fáñez’, o consagrados a la naturaleza, las más, como ‘El último cazador’ o ‘Nublares’ o tantos otros, todos ellos integrados por textos terrenales donde lo mejor de su pensamiento y su sensibilidad se une con la naturaleza que le rodea y donde él es capaz de percibir los aromas y los ruidos con los que aquella le llama. Es un hombre de Bujalaro (Guadalajara) y allí, en su cabaña de El Enebral, se refugia cada semana dejando atrás por unas horas, que no olvidando, sus debates y tertulias políticas y sus atinados juicios sobre la coyuntura o la transición -que bien conoce- o sobre las disyuntivas territoriales.

Pérez Henares, Chani, nos dice nada más empezar el libro: ‘Cuando el sol oculta por fin su sangrienta agonía, cuando la luz del crepúsculo se evapora y el cielo oscurecido preludia el brillo aún inexistente de la primera estrella, cuando el día ya muere, y ha muerto, pero la noche aún no ha nacido, es el silencio’. Y solo esa frase revela al hombre de campo, al agrarista, en su mejor sentido, que lleva dentro. Sí, estamos ante un hombre que vuelve a su mundo rural de modo regular buscando sus raíces más profundas, las que le unen a su tierra, a su planeta, a ‘su casa común’ como la calificó en el pasado junio el Papa Francisco en su ‘Laudato si’.

Pérez Henares, al igual que Abel Hernández -cuya obra sobre los pueblos abandonados y su historia, como la del suyo propio, Sarnago, ya he comentado en diversas ocasiones- entroncan directamente con la gran obra literaria de Miguel Delibes. Y además, la de Chani con la de otro castellano, Félix Rodríguez de la Fuente, en lo que atañe a la naturaleza. No en balde fue por tierras de Guadalajara, no lejanas a Bujalaro, donde Félix comenzó su aventura de la tierra y las águilas sobre la hoz del río Dulce que le llevo a ‘Fauna Ibérica’ y a ‘ El hombre y la tierra’, a su rica trayectoria vital.

Mis lectores saben de mi admiración y entusiasmo desde joven por la obra de Miguel Delibes, aquella pluma que siempre nos condujo a las tierras castellanas, a la caza, a los largos paseos por el campo. Saben también de mis elogios hacia la obra de Abel Hernández que en sus varios libros aparecidos en la última década puso el acento sobre los pueblos abandonados tomando como ejemplo el suyo propio en la sierra de Alcarama. Saben también que siempre encontré un nexo entre Delibes y Hernández. Pues bien ese nexo, esa unión se prolonga ahora con Pérez Henares.

Por eso mi Carta de hoy he querido consagrarla a la naturaleza y a un hombre que desde hace años, muchos años, escribe maravillosamente cantando la vida rural y el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Me refiero, obviamente, a Antonio Pérez Henares cuyo último libro ‘El sonido de la tierra’ merece ser leído con detenimiento y buscar en él las raíces de la vida natural, las raíces de la tierra. Hay casi una coincidencia entre el naturalismo que se deduce de este texto con el de la encíclica ‘Laudato Si’ y ambos textos vieron la luz a final de junio.

 

No es este el primer libro de Antonio Pérez Henares donde aborda el mundo mágico de la Tierra, de la naturaleza, del paisaje. Otros anteriores como el Diario del perro Lord, Las Bestias, El Pájaro de la Aventura, El Vuelo de la Garza, etc., muestran bien a las claras su preocupación por el mundo rural y por la vida natural. Cuando dice que ‘al sonido de la tierra le llamamos silencio’ nos está enfrentando a las formas tan diferentes en que los seres humanos enfocamos nuestra relación telúrica.

Su libro, sobre el silencio, que es el sonido de la tierra, nos va haciendo escuchar todo aquello que rompe ese silencio: el piar de los pájaros, el trasiego de jabalíes o de corzos, el ruido del viento entre las ramas de los enebro o las encinas, el zumbido de las abejas, el ladrido del perro, el aullido del lobo, etc. Su pasión por ese mundo que le envuelve en su tierra natal Guadalajara, le lleva a escribir: ‘Tener pueblo se está convirtiendo en un privilegio de los que no quedan y de los que más valen’ y por ello considera que ‘es el momento de volver a engancharse a lo rural’. Él lo hace y allí, en su cabaña de Bujalaro toma el oxígeno, la felicidad y la fuerza para regresar luego a Madrid y enfrentarse a las tertulias y los debates políticos en los que siempre manifiesta una opinión certera y llena de prudencia.

Nos dice que ‘el paso repetido es el sendero. El rito es el sendero’. El suyo cuando camina al mirador de las grullas, el nuestro cuando repetimos algo que nos es querido, una clase, una conferencia, estas cartas, un paseo por el campo entre las viñas. Esos son nuestros ritos. Y en ese rito, en ese camino una se reconcilia con lo más interior, como cuando nos recuerda que: ‘El viento húmedo me acaricia y me reconcilia con todo. Hasta con mis recuerdos’. Estamos ante una obra poética, llena de lirismo, donde un alma buena nos transmite sus pasiones y desengaños, vividas entre vencejos, abubillas, cuclillos, etc. etc.

Es una obra que serena el alma. Y, a fe mía, que debemos serenarla todos, porque vienen tiempos complejos. Para afrontar el ruido de tantas y tan duras campañas electorales -autonómicas catalanas, pero cargadas de secesionismo, y generales, sí, pero cargadas de ruptura con el sistema nacido de la generosidad y el consenso de 1978, de la Transición- , tantas promesas y tantas mentiras, tantos espantajos y tantas verdades, tanto ruido en suma, bueno será haber caminado por este silencio que es el sonido de la tierra, no el de los humanos, descrito magistralmente por Pérez Henares. Gracias Chani.

Un cordial saludo

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