Bases para la gestión integrada del emplomado del olivo

El emplomado del olivo se encuentra entre las enfermedades más graves de este cultivo en todo el mundo. El agente causal es el hongo Pseudocercospora cladosporioides, que afecta principalmente a las hojas causando síntomas erróneamente asociados al repilo del olivo, aunque también puede afectar a los frutos, peciolos y pedúnculos. A día de hoy aún quedan importantes lagunas de conocimiento sobre esta enfermedad. En el presente artículo se hace una revisión de la sintomatología, agente causal, biología y epidemiología de la enfermedad, con vistas a su gestión integrada.
C. Agustí-Brisach, J. Romero, A. Ávila, M.C. Raya, L.F. Roca y A. Trapero. Dpto. de Agronomía, ETSIAM, Universidad de Córdoba.

El emplomado del olivo, también conocido como repilo plomizo o cercosporiosis, se encuentra entre las enfermedades foliares más graves de este cultivo en las principales zonas olivareras de todo el mundo. Esta enfermedad de origen fúngico, causada por Pseudocercospora cladosporioides, se detectó por primera vez afectando a hojas de olivo en 1882 en Italia.

Posteriormente, se ha diagnosticado en los principales países olivareros como California, Argentina, Grecia o Túnez. En España se detectó por primera vez en 1895. Desde entonces se han venido registrando ataques esporádicos a lo largo de los años, siendo actualmente una enfermedad común en todas las comarcas olivareras españolas (Del Moral y Medina, 1985; Trapero y Blanco, 2008).

Debido a la similitud de los síntomas y al desconocimiento general de esta enfermedad, los daños causados por el emplomado del olivo se han atribuido con frecuencia al repilo causado por Spilocaea oleagina (sin. Fusicladium oleagineum) o a la antracnosis o aceituna jabonosa causada por especies de Colletotrichum. Además, debido a los síntomas en el haz foliar, puede ser confundida con la clorosis férrica, con la deficiencia de potasio, o con la propia senescencia de la planta.

Principalmente afecta a las hojas, causando una caída prematura de las hojas infectadas, reduciéndose la superficie fotosintética y por consiguiente los rendimientos en la cosecha de los árboles afectados. Cuando se repiten ataques graves de la enfermedad en años sucesivos, da lugar a la desecación y muerte de las ramas afectadas (Ávila et al., 2004a).


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