El avance de la España vacía

Una de las consecuencias del envejecimiento demográfico es el vaciamiento demográfico municipal, los municipios que mueren, las aldeas que desaparecen, el vaciamiento del espacio rural, el abandono y la pérdida de una cultura milenaria, en suma la España vacía que se proyecta sobre buena parte de la España rural.
Por JAIME LAMO DE ESPINOSA, director de Vida Rural.

Querido lector:

Uno de los debates más intensos de nuestra España actual es el intenso envejecimiento demográfico y sus consecuencias sobre el sistema de pensiones. Es un tema gravísimo que requiere, sin duda alguna, nuevas soluciones. Pero las proyecciones del INE, recientemente aparecidas, para el año 2050 nos auguran un país mucho menos poblado con una población muy envejecida. Los nacimientos seguirán reduciéndose, el movimiento vegetativo (nacimiento menos defunciones) pasará del estancamiento a cifras negativas muy sensibles, la esperanza de vida crecerá, un tercio de los hogares serán unipersonales, etc. Como se ve estamos ante un cambio demográfico notable y de amplias consecuencias.

Una de esas consecuencias es el vaciamiento demográfico municipal, los municipios que mueren, las aldeas que desaparecen, el vaciamiento del espacio rural, el abandono y la pérdida de una cultura milenaria, en suma la España vacía que se proyecta sobre buena parte de la España rural. Hace poco, el pasado año, publicaba un artículo comparando la agricultura y el sistema agroalimentario durante el reinado de Juan Carlos I (“Agricultura, alimentación y medio rural durante el reinado de Juan Carlos I”. Información Comercial Española. ICE. Nº 889-890. Marzo-Junio 2016).

Todos los datos hallados, todos los índices económicos comparativos, indicaban un inmenso salto positivo y la revelación de la pujanza actual de nuestro sistema agroalimentario. Solo en un punto me ví obligado a formular una reflexión altamente negativa: la España vacía progresa a velocidades de vértigo, el número de municipios rurales decrece en dimensión o desaparecen y la vieja cultura rural española se está perdiendo sin que nadie haga nada para conservarla. Hoy (INE-2015) tenemos unos 4.000 municipios de menos de 500 habitantes, que pasarán rápidamente al estrato de los de menos de 100 para luego desaparecer. Esta es la crónica de una muerte anunciada.

Es cierto que hace muy poco el presidente del Gobierno ha nombrado a Edelmira Barreira Diz, comisionada para hacer frente a este reto demográfico tras la petición formulada por la VI Conferencia de Presidentes Autonómicos. Pero hay algo más a hacer.

En otras muchas cartas publicadas en esta revista me he referido a lo que vengo llamando desde hace años “La España vacía”. Con ese título hace meses apareció un libro, un magnífico y sólido ensayo, cuyo autor, Sergio del Molino, expresaba los graves problemas de la España interior y despoblada. Y en cartas muy anteriores me refería a la obra excepcional de Miguel Delibes o a  los libros de  Abel Hernández “Sierra de Alcarama”, “Caballo de Cartón”, “El canto del cuco” (Ed. Gadir), donde nos narra con dolor y profundo sentimiento la desaparición de su viejo pueblo, Sarnago, en la Sierra de Alcarama. Sarnago es para Abel Hernández como Macondo para Aureliano Buendía o Comala para Pedro Páramo.

Es difícil imaginar la revitalización de dichos pueblos desaparecidos. Pero sería un enorme error por nuestra parte si no recopiláramos rápido (¿estamos a tiempo todavía?) los rasgos de la vieja cultura rural española. Es obligado recuperar las expresiones agrícolas, los vocablos  rurales, los refranes, las leyendas, las canciones, etc. Y no queda mucho tiempo para hacerlo.

En aquellos municipios que ya han desaparecido tendríamos que encontrar viejos lugareños que vivan todavía aunque en ciudades diferentes, para recuperar esa parte de la historia. Pero en aquellos otros municipios o aldeas de 30, 50, o 200 habitantes, etc., es aún posible llevar a cabo una investigación profunda que salve esa parte de la lengua y de la cultura española.

Sugiero a la ministra de Agricultura, Isabel García Tejerina, natural de Valladolid, cuya sensibilidad por lo rural es notoria, que trate de promover desde el Ministerio una investigación a nivel nacional, coordinada con la Real Academia de la Lengua y con la colaboración de Universidades, Facultades de letras, Escuelas de Ingenieros Agrónomos, etc., que desarrolle una investigación in situ y recopile todo ese tesoro que estamos a punto de perder.

Pocas personas hoy entienden ya lo que quieren decir expresiones como “somarraba con bálago”, “fabricar los vencejos de la cosecha siguiente, “cachuela”, “la oveja andosca”, “la lechigada”, “las úrguras”, el picar del dalle”, “las cabañuelas”, “el salegar”, “los zaragatas”, “las caballerías en la dula”, “el junco”, “la herrañe de los olmos”, “mondida”, “los gayubares”, “los bálagos”, “la colodra”, “el cantarral”, “las chicharras”, “la gamella”, “pegujal”, “tarrollo”, etc.
Eran expresiones propias de aquellas tierras de pan llevar, de cereal y ovejas, sin frutas ni árboles que las dieran.

Ya no queda –nos recuerda Abel Hernández– el copo de lana en la rueca girando el huso a las puertas de las casas, pero es que ya no quedan las casas, las puertas, los trajes de pana que duraban hasta la sepultura, las personas, no permanece ya esa cultura donde la vida la marcaban las campanas. Y ahora hay cada vez más campanarios vacíos o derruidos. Es el final de una cultura milenaria. Sí, su extinción. La extinción de palabras, voces, expresiones, refranes, canciones, etc., al tiempo. Toda una cultura.

El viejo refranero agrario de Nieves de Hoyos Sancho (Ministerio de Agricultura, 1954) es una obra colosal pero que requeriría ser actualizada y completada por toda España y en particular en aquellos territorios donde la lengua dominante no es el castellano. Y debemos grabar las viejas canciones rurales que dentro de poco nadie será capaz de cantar.

Sería ésta una tarea cultural grandiosa. Y debe llevarse a cabo. No es la primera vez que lo comento. Pero cada año que pasa me parece más necesario y urgente. Insto una vez más a la Real Academia de la Lengua y al Ministerio de Agricultura para que de consuno lleven adelante este proyecto. Y cuanto antes. Ahora que se preparan los Presupuestos Generales de 2017 dótense estos de la partida necesaria para comenzar.  Estoy seguro que los grupos parlamentarios serán sensibles ante esta cuestión.

Un cordial saludo

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