El agua, un bien económico, frágil, vital, renovable, de dominio público y de carácter global

Hay que aumentar las superficies de riego modernizado y lograr, como exige año tras año Fenacore, que vuelvan a establecerse tarifas especiales de riego, pues las actuales, están llevando a duplicar y triplicar los costes de riego de hace cuatro o cinco años por un desmedido aumento de los costes fijos (término de potencia) superior al 1.000% en muchas zonas regables.
Por JAIME LAMO DE ESPINOSA. Director de Vida Rural.

Querido lector:

Cuando se producen muchas coincidencias sobre una cuestión hay que pensar obligadamente que existen razones o causas abundantes para dicha coincidencia. Dicho de otro modo, las coincidencias no son casuales sino causales. En estas últimas semanas la preocupación por la ordenación del sistema hidráulico español y en definitiva la ordenación del uso del agua ha sido una constante del debate. Y, aunque algo escribí sobre esta cuestión en Cartas anteriores (15.10.2015 y 1.2.2016), esa causalidad me obliga a escribir estas líneas.

La Fundación Botín, cuyo Observatorio del Agua es encomiable, ha promovido diversos e importantísimos seminarios sobre la materia bajo la dirección de los catedráticos Ramón Llamas y Alberto Garrido, el primero presidente honorífico de dicho Observatorio y el segundo presidente del mismo y actual vicerrector de la UPM. ABC, por su parte, llevó a cabo el Foro ABC del Agua, el pasado 8 de junio, bajo la presidencia de la ministra Isabel Garcia Tejerina y en dicho Foro la regiones reavivaron la polémica por el reparto del agua y los expertos pidieron que se pusiera fin al marasmo de normativas regulatorias, y, al tiempo, se pidió un Pacto que evite una nueva “guerra del agua”.

En el quincenal AgroNegocios (nº 656) un importante artículo debido a la autorizada pluma de Andrés del Campo, presidente de la Federación Nacional de Comunidades de Regantes de España (Fenacore), pide la “descontaminación política del agua”, acabar con la política “hidro-ilógica” que se sufre desde hace décadas y exige una reforma del marco regulador eléctrico. Y, finalmente, diversas Reales Academias de España han publicado monografías sobre el agua dado que, en este año 2016, estamos celebrando el “Año del Agua”. (Personalmente he podido contribuir con una monografía titulada “El agua en el mundo – El mundo del agua” publicada por la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras a la que me honro en pertenecer).

Como se ve, existe una enorme y común preocupación por el tema, global y nacional, pero la interna crece a medida que nos acercamos a la fecha electoral del 26-J, puesto que, a partir de ese momento, el nuevo Gobierno que se forme deberá resolver los muchos problemas y diferencias alrededor del agua, los regadíos, los costes energéticos del riego, etc., y sería deseable que ello trajera una prolongada estabilidad al sector y mayor seguridad jurídica.

La cuestión es la siguiente: somos el primer país de Europa en hectáreas de riego y el noveno del mundo pero pasamos al tercero en riego modernizado, que debe ser objeto de las políticas de modo permanente frente al riego convencional. La agricultura consume aproximadamente el 75-80% del uso humano del recurso mundial (y tres cuartos de los de nuestro país) pero aun así ese consumo es el 25% de los recursos totales disponibles de agua.

Y siendo el área mundial regada un 16% de la superficie agraria total, aporta más del 40% de la producción agraria global. Item más, cada hectárea de riego aporta 6,6 veces más producción que una de secano en términos monetarios. De ahí la importancia del riego y de por qué su expansión mediante riegos modernizados y altamente eficientes en consumo energético es una política ampliamente generalizada en el mundo.

Nuestras producciones en tales superficies –frutas y hortalizas, viñedos, olivar, almendros, etc.– generan más de la mitad de la Producción Final Agraria de España y más de dos tercios de la Producción Vegetal. Y además son los principales sectores exportadores que, junto al porcino, han llevado el saldo de la balanza comercial agraria hasta los 10.000 millones de euros, situando al sector agroalimentario en segunda posición del ranking de dicha balanza solo precedido por “bienes de equipo”.

Y ese éxito productivo y comercial se ha logrado en un país con una enorme irregularidad pluviométrica, reconducida merced a la inmensa red de embalses (1.200) que regulan el recurso y que permiten utilizar unos 15.000 hm3 de agua para tales fines. Esta política de aumentar los regadíos y de potenciar su eficiencia no solo no debe de ser frenada sino que debe ser impulsada. Hay que aumentar las superficies de riego y hay que lograr, como exige año tras año Fenacore, que vuelvan a establecerse tarifas especiales de riego, pues las actuales, están llevando a duplicar y triplicar los costes de riego de hace cuatro o cinco años por un desmedido aumento de los costes fijos (término de potencia) superior al 1.000% en muchas zonas regables.

Esta situación no debe mantenerse. Y debe permitirse la autoproducción de energía sin necesidad de pagar unos costes o servicios que son innecesarios para el agricultor que es capaz, por sí solo, con placas solares u otros métodos de generar su propia energía.
Además, y tras el gran esfuerzo realizado por la ministra de Agricultura para aprobar el primer ciclo de Planificación Hidrológica 2009-2015 y todos los planes de competencia estatal del segundo ciclo 2015-2021 se debe ir hacia un gran Pacto de Estado del Agua.

El agua en ningún caso puede ser un bien territorial. Es un bien económico, frágil, vital, renovable, de dominio público y de carácter global, que debe ser regulado y armonizado en sus apetencias autonómicas desde el Gobierno central. Tanto más cuanto que España es uno de los países de la UE que sufre mayor “estrés hídrico”. Es por ello que cada vez es más preciso ese gran Pacto. Y sería aconsejable volver a estudiar el Plan Borrell de intercomunicación de cuencas que fue un enorme acierto que pretendía resolver las inequidades en la distribución interterritorial del agua y las pérdidas de recurso en los momentos de grandes avenidas, como las que hemos vivido este año.

Si, como hemos visto, hoy el regadío, es decir la agricultura, es el mayor consumidor de agua a nivel mundial y nacional lo es para proveernos de alimentos sanos que contribuyen en mucho a la llamada Dieta mediterránea y cuya producción se hace mediante emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) muy reducidas frente a otras producciones y alimentos.

El aprovechamiento de tales aguas superficiales y subterráneas, –evitando la “hidro-esquizofrenia” de optar por unas frente a otras, como la calificaba el profesor Llamas– es absolutamente necesario, tanto más cuanto que el cambio climático y el comercio mundial de alimentos, medido en términos de agua virtual, nos obliga también a plantearnos la gestión del agua desde nuevos paradigmas.

Ojalá la nueva política que nazca tras las próximas elecciones lleve a ese Pacto Nacional del Agua que hoy es reclamado por todos. También desde estas líneas, una vez más.

Un cordial saludo.

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