Abandono sin alternativas

José María García Álvarez-Coque
Entre 1999 y 2009 se perdieron más de 2 millones de hectáreas de Superficie Agrícola Utilizada en España. Tras esta pérdida se encuentran cambios de usos del suelo, y como no, el abandono del cultivo presente en diversas regiones.

El abandono se manifiesta en zonas de difícil acceso, con demografía en declive, donde no hay relevo generacional en la actividad o cuando aparece la especulación urbanística. No es una buena noticia pues indica que la agricultura ha dejado de ser viable. Que la base productiva se degrade también es un problema. Sin suelo agrícola no hay futuro. Por eso se trata de un riesgo que interesa a toda la sociedad.

No debe confundirse el abandono con el barbecho. No se trata de estigmatizar los suelos de baja productividad. Se trata más bien de parcelas en proceso de degradación que ponen en peligro las cosechas parcelas colindantes o el medio natural. Un suelo con agricultura de conservación o laboreo mínimo no es un suelo abandonado.

La legislación agraria ha intentado adoptar medidas correctoras a la infrautilización del suelo sin demasiado éxito. Las políticas de control son necesarias porque no conservar la tierra puede suponer un problema medioambiental e incluso fitosanitario. Pero el abandono es una consecuencia de la pérdida de rentabilidad de los cultivos. Por ello, las alternativas deben evitar un enfoque meramente sancionador, aceptando que las sanciones pudieran ser necesarias en casos extremos.

Algo debe ofrecerse a la comunidad agrícola más allá de las ayudas directas que, en zonas de montaña o con hándicaps naturales, deberían continuar tras la próxima reforma de la PAC. La agricultura asociativa puede suponer una alternativa. En este sentido, la agrupación de parcelas bajo distintas modalidades puede contribuir a conformar explotaciones de dimensión viable. En la práctica, existen ya experiencias en nuestro país que muestran que es factible la puesta en marcha de iniciativas de gestión común de tierras. Una metodología de trabajo para estos procesos la recogemos en el libro, en coautoría con Lorena Tudela, que ha publicado recientemente Cajamar con el título “Innovación en la gestión y modernización de la producción en una cooperativa citrícola”, y que fue presentado el mes pasado en una jornada organizada por la Fundación IVIFA en Paiporta.

La gestión común de parcelas ya lleva años realizándose bajo distintas fórmulas jurídicas, pero las experiencias deben ser sistematizadas y divulgadas para aprender de sus aciertos y errores. Para aplicar innovaciones a la agricultura, las parcelas de diversos propietarios pueden ser administradas de una manera eficaz, en pro de una agricultura competitiva y socialmente sostenible y con garantías para los propietarios.

La innovación social aquí debe partir de un diagnóstico de comportamientos sociales como elemento crucial para la transformación de las estructuras agrarias. Es evidente que los problemas de la agricultura son de orden múltiple, no siendo un problema menor la debilidad de los productores en la cadena de valor. Pero en cualquier lista de soluciones, la agrupación o gestión común de parcelas debería aparecer. No se trata de simplemente reducir costes de producción o ganar escala sino de poder aplicar las inversiones necesarias para añadir valor a la producción.

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